Bendito el fruto de tu vientre (Lc 1, 42).
Alguna vez el pecador pide a las cosas lo que no puede conseguir, mientras que el justo lo consigue. Para el justo se guarda la
hacienda del pecador (Prov 22). Así Eva buscó el fruto y no encontró en él todo lo que quiso. La Bienaventurada Virgen, al contrario,
encontró en su fruto todo lo que Eva había deseado. En efecto, Eva
deseó tres cosas en su fruto.
1º) Lo que d diablo le prometió falsamente, a saber: que serían
como dioses, sabiendo el bien y el mal (Gen 3, 5). Seréis, le dijo aquel
embustero, como dioses. Y mintió, porque es mentiroso y padre de la
mentira24. Porque Eva al comer la fruta no se hizo semejante a Dios,
sino más desemejante; pues pecando se alejó de Dios, su salvador, y
por ello fue expulsada del Paraíso. Pero en cambio lo encontró la
Bienaventurada Virgen y todos los cristianos en el fruto de su
vientre; pues por Cristo nos unimos y asemejamos a Dios: Cuando él
aparezca, seremos semejantes a él, por cuanto nosotros le veremos así
como él es (1 Jn 3, 2).
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24 Juan 8, 44
2º)
2º) Eva deseó el deleite en su fruto, porque era bueno para ser comido;
mas no lo encontró, porque al instante conoció que estaba desnuda y tuvo
dolor. En cambio, en el fruto de la Virgen encontramos suavidad y salud: El
que come mi carne... tiene vida eterna (Jn 6, 55).
3º) El fruto de Eva era hermoso a la vista; pero más hermoso es el
fruto de la Virgen en quien desean mirar los Ángeles: Vistoso en hermosura, más que los hijos de los hombres (Sal 44, 3); porque es esplendor de la
gloria del Padre.
Eva no pudo encontrar en su fruto lo que tampoco encuentra ningún
pecador en los pecados. Por consiguiente, lo que deseamos busquémoslo en
el fruto de la Virgen.
Ese fruto es bendecido: 1º) Por Dios, porque de tal modo le colmó de
toda gracia que vino a nosotros mostrándole reverencia: Bendito el Dios
y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda
bendición espiritual en bienes celestiales en Cristo (Ef 1, 3). 2º) Por los
Ángeles y por los hombres, como dice el Apóstol: Y toda lengua
confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre (2, 11),
y el profeta David: Bendito el que viene en el nombre del Señor (Sal
117, 26). Así, pues, la Virgen es bendita, pero su fruto es todavía más
bendito.
(Salutat. angelicae expositio, I)
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