El alma a Dios consagrada es invitada por el Verbo a la dignidad de esposa suya. –Esta
doctrina halla su fundamento en la Sagrada Escritura y en la Liturgia. –Y la extraordinaria
realidad que revela tiene su fuente en el amor de Dios. –En qué términos traza San Bernardo
el retrato del alma, esposa del Verbo.
El mayor don que Dios puede hacer a la criatura humana es la gracia de la adopción sobrenatural en
Jesucristo, Verbo encarnado. El Ser supremo, infinitamente perfecto, que no depende de nada ni de
nadie, deja desbordar su inconmensurable Amor sobre la criatura, para elevarla hasta la
participación de su Vida y de su Felicidad. Tal don excede las exigencias y sobrepuja las fuerzas de
la naturaleza, y constituye al hombre en verdadero hijo del Padre celestial, en hermano de Jesucristo
y templo del Espíritu Santo. Sin embargo, hay entre Dios y el alma consagrada al Señor, una
relación más íntima y, en cierto modo, más honda y trascendental que la que resulta de la condición
de hijo: el alma es invitada por el Verbo a la dignidad de esposa suya.
Jesucristo mismo compara más de una vez el Reino de Dios a un banquete nupcial (Mt. 22,1ss;
25,1ss; Lc. 14,16ss); Dios en su Verbo y por su Verbo, invita a las almas al festín de la divina
unión. En todo festín hállanse personas de categoría muy diversa.
En primer término, están los servidores. Estos, demostrando el mayor respeto al dueño de la casa,
no están nunca quietos, andan de un lado para otro, dispuestos siempre a ejecutar cualquier
indicación que reciban; en correspondencia, el dueño les abona el salario convenido y, si cumplen
bien su cometido, son apreciados y gratificados; nunca, sin embargo, pueden aspirar a compartir la
mesa, ni a ser admitidos en la intimidad, ni a que les sean revelados los secretos de la casa. Ellos
representan exactamente a los cristianos que dirigen habitualmente sus acciones movidos del temor
servil; tratan con Dios cual, si fuese un gran Señor, un mayordomo, a quien más de una vez, como
el siervo del Evangelio, hallan «harto duro» (Mt 25,24); no hacen sino lo que estrictamente tienen el
deber de hacer, y aun por el temor al castigo: Estas almas, que viven «en el temor, en espíritu de
servidumbre», Spíritus servitutis in timore (cf. Rom. 8,15), no pueden gozar en verdad, de la
intimidad de Dios.
Siguen a éstos, los convidados, los amigos. Y adviértase de paso que hay grados en esta misma
amistad.
El Rey los ha invitado a su mesa, les habla con la mayor cordialidad y comparte con ellos
el pan y el vino. Son la figura de los cristianos que, si bien aman a Dios, no le dan todo cuanto
pudiera exigirse de ellos; mientras están en la presencia del Rey, gozan de su favor; frecuentemente,
sin embargo, lo dejan para cuidar de sus propios intereses. Diríase que la amistad de éstos es una
amistad intermitente.
Despedidos o ausentes los amigos, quedan solamente los hijos. Estos integran la familia, están en el
hogar que es donde viven. Por el mero hecho de llevar el apellido del padre, son quienes han de
heredar sus bienes; han dedicado la vida a honrar, obedecer y amar a su padre; recibirán en premio
un intercambio de confidencias que ignoran totalmente los simples amigos. Son la representación de
las almas fieles que viven y actúan como hijos de Dios, y realizan perfectamente las palabras de San
Pablo: «Sabed que ya no sois huéspedes y advenedizos, sino conciudadanos de los Santos y
familiares de Dios» Jam non estis hospites et advenae, sed etis cives sanctorum et domestici Dei (Ef
2,19)*. Se complacen en ejercitar las virtudes de fe, esperanza y caridad, características del estado
de hijos de Dios, cuya aplicación lleva paulatinamente al más completo abandono a la voluntad y
deseos del Padre celestial. «Aquellos que se rigen por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios»:
Quicumque Spíritu Dei aguntur, ii sunt fili Dei (Rom 8,14).
A estas almas de hijos, Dios se da como
el Bien Supremo que colma todos sus anhelos.
* Toda alma que vive en estado de gracia es sin duda alguna hija de Dios; pero son muchos los
cristianos que no comprenden esta divina realidad o no procuran conocerla. Viven y actúan cual si
no fuesen más que siervos o amigos.
Está, por último, la esposa. Para ella no tiene secretos el esposo, por el contrario, le prodiga el amor
más tierno e íntimo, resultando imposible una unión más perfecta que ésta. En efecto, la unión entre
esposos supera la que existe entre padres e hijos; los esposos, ha dicho Nuestro Señor,
«abandonarán padre y madre para unirse mutuamente»: Dimittet homo patrem et matrem, et
adhaerebit uxori suae (Mt 19,5). Ninguna otra unión supera a ésta en intimidad, en ternura y en
fecundidad.
Es este último el género de unión que el Verbo encarnado invita a contraer con Él a las almas que le
están consagradas mediante los votos del estado religioso.*
* «Por muy extrañas que estas expresiones de esposo, esposa, bodas y matrimonio puedan parecer a
hombres aun groseros y carnales, desprovistos del sentido de las cosas espirituales y que ignoran el
lenguaje del amor divino, se hace de ellas en nuestros Libros Sagrados un uso tan frecuente y
atrevido, y son tan inseparables del dogma y de la Iglesia Católica, que no pueden pasarse en
silencio ni suprimirse sin mutilar profundamente la misma religión cristiana» (Mons. Farges, Los
fenómenos místicos).
Preveo vuestra objeción: ¿Acaso no es ya en cierto modo esposa del Verbo toda alma bautizada?
Ciertamente que sí, pues no sólo a las vírgenes, sino también a todos los fieles de la iglesia de
Corinto se dirigía San Pablo al decir: «He unido cada una de vuestras almas como una virgen casta
al único esposo que es Cristo»: Despondi enim vos uni viro virginem castam exhibere Cristo (2Cor
2,2). En efecto, por el bautismo el alma renuncia libremente* a Satanás, a sus pompas y a sus obras,
al mundo y a sus máximas, para unirse a Jesucristo y consagrarse a su servicio. La gracia del
Espíritu de amor la entrega a Dios, la hace digna de los favores del celestial Esposo, y le da derecho
a aspirar los inmensos goces del Reino Eterno que Nuestro Señor mismo ha comparado a los de un
festín nupcial. ¡Tan santa y santificante es ya esta unión del alma bautizada con Cristo!
* Mejor dicho, son sus padrinos quienes renuncian en nombre del bautizado, en la esperanza de que
más tarde ratificará él la renuncia espontánea y deliberadamente
A pesar de ello, es mucho más íntima la unión y con más brillo resplandece la cualidad de esposa en
las almas consagradas a Dios por los votos religiosos. A ellas se aplica con toda verdad el título de
esposa del Verbo, ya que en ellas se realiza con toda plenitud esta sublime condición.
La unión que,
por su profunda intimidad, imita, aunque de manera completamente espiritual, la que existe entre el
esposo y la esposa, ¿no constituye acaso, el grado supremo de la perfección religiosa? ¿No deben
encaminarse a ella las finezas que Dios le ha prodigado, así como los esfuerzos generosos de toda
alma cuidadosa de evitar los obstáculos y de emplear todos los medios que hacia Dios la
encaminen? ¿No tendría que confesar el haber frustrado su vocación y no cumplir plenamente los
designios de Dios, la virgen consagrada a Jesucristo que no tendiese con todas sus fuerzas a este
dichoso estado de esposa suya?
En verdad, cuando el alma pondera la grandeza infinita de Dios y su santidad incomprensible, y
considera asimismo su propia nada y miseria, un sentimiento de profundo estupor al verse objeto de
un tan insigne privilegio, le hace exclamar: «¿No es acaso presunción y temeridad y hasta locura
soñar con un título y aspirar a una condición que supera en mucho en cuanto puede desear el
corazón humano? ¿Cómo puede ser esto posible? Quomodo fiet istud? (Lc. 1,34).
Realmente, sin la Revelación, jamás un pensamiento tan elevado hubiese podido nacer en el
entendimiento creado. Mas he aquí que es el mismo Señor quien desea y procura esta unión mística;
es Él quien la sugiere, y a ella invita al alma con palabras y obras.
El Antiguo Testamento, no obstante, las severidades que le han valido la denominación de ley del
temor, ¿no preludia ya en las formas más exquisitas, las manifestaciones de ternura divinas que
caracterizan la ley del amor? La Sabiduría divina manifiesta que «sus delicias son estar con los hijos
de los hombres» (Prov. 8,31), expresión que no puede menos de asombrar, si se tiene en cuenta que
ella rubrica las relaciones de la Sabiduría eterna con la humanidad y revela algo muy distinto de la
simple benevolencia de amigo. El Salmista, ¿no ha celebrado asimismo con cantos desbordantes de
lirismo la regia unión del esposo y la esposa? «Un noble canto ha brotado de mi corazón; mi obra se
dirige a un Rey… Eres tú el más hermoso de los hijos de los hombres, puesto que la gracia está
derramada sobre tus labios… Escucha, hija mía, mira y observa: olvídate de tu pueblo y de la casa
de tu padre, y el rey quedará prendado de tu belleza…» (Ps 44,2-3;11-12.
Este versículo es utilizado por la Iglesia en el Pontifical de la consagración de las vírgenes). Y el
Cantar de los Cantares, ¿qué otra cosa es sino un bello epitalamio compuesto por el Espíritu Santo
para manifestar, bajo el símbolo del amor humano, la unión del Verbo con la Humanidad y la unión
del Cristo con la Iglesia y las almas castas?
Pero es en el Evangelio donde la idea de la unión se manifiesta en toda su plenitud, encuentra su
fundamento más seguro y reviste la forma más persuasiva. El Verbo encarnado, Verdad infalible, se
nos da personalmente por esposo (Mt.9, 15; Jn. 3,29); delante de Él van las vírgenes destinadas a
formar su corte de amor (Mt. 25,1-13). Oíd de los labios del Divino Esposo la invitación más tierna
y extraordinaria que pueda hacer estremecer al corazón humano: «Venid a las bodas, porque todo
está ya preparado»: Omnia parata, venite ad nuptias (Mt. 22,4).
San Pablo, heraldo por excelencia del misterio de Jesús, nos muestra asimismo a este Esposo
«entregándose a la muerte, en un exceso de amor» para adornar Él mismo a la esposa con las más
hermosas joyas, «hacerla así comparecer en su presencia lavada con su sangre preciosa, llena de
gloria, sin mancha ni arruga ni imperfección alguna, sino santa e inmaculada» (Ef. 5,25-27)*,
verdaderamente digna de las «bodas del Cordero», como cantará San Juan en su Apocalipsis (Ap.
19,7-8;21,2,9).
*Aunque el Apóstol se refiere a la Iglesia, el texto puede aplicarse en particular a cada una de las
almas que Cristo une a sí en calidad de esposa mediante la consagración religiosa.
Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Iglesia en su liturgia ha prohijado este mismo
pensamiento. En el oficio de las vírgenes, nos habla constantemente de esas relaciones íntimas entre
el esposo y la esposa.
En el oficio de Santa Inés pone en labios de la joven mártir estas palabras
rebosantes de santo atrevimiento: «Mi amor es todo para Cristo, para ese Cristo que me introducirá
en su tálamo nupcial»: Amo Christum in cujus thalamum introibo (Breviario Monástico.
Responsorio III de Maitines). En la consagración de las vírgenes, el Obispo poniendo el anillo en el
dedo de la elegida, hace de ella, en los términos más explícitos, «la esposa del Jesucristo, Hij o del
Padre Eterno»: Desponso te Jesu Christo Filio summi Patris. Accipe ergo annulum fidei… ut sponsa
Dei voceris… (Pontifical Romano, In benedictione et consecratione virginum).
Jamás admiraremos pues, suficientemente, la infinita majestad del Señor tres veces santo, así como
tampoco debemos olvidar nunca que Cristo es el Soberano Maestro de todas las cosas. «Vosotros
me llamáis Maestro y Señor – decía Él a sus apóstoles – y hacéis bien, pues lo soy en verdad»:
Vocatis me Magister et Domine, et benedicitis; sum etenim (Jn. 13,13). Pero este Maestro divino,
este Señor ante el cual «tiemblan las angélicas potestades» tremunt potestates (Prefacio de la Misa),
humíllase momentos después ante sus discípulos para lavarles los pies.
Llevado también del amor, desciende asimismo hasta las almas que se le consagran, y las eleva
hasta la inefable condición de esposas suyas. Este exceso de amor provocará el más desconcertante
asombro a la razón humana; para la fe, al contrario, será el motivo principal para transportar en alas
de la exaltación: «Y nosotros hemos creído en este Amor que Dios nos prodiga»: Et nos
cognovimus et credidimus charitatem, quam Deus habet nobis (1Jn. 4,16). Toda alma consagrada a
Dios por los votos de religión es de tal manera llamada a esta condición de esposa del Verbo; éste
será su título, y si es fiel al mismo, gozará de cuantos derechos le son anejos: se verá colmada de las
muestras de ternura por parte del Divino Esposo, y esta unión será además fuente de una fecundidad
admirable.
San Bernardo, el gran monje, se complacía en hablar a sus hermanos de hábito, en términos
desbordantes de unción comunicativa, de esta extraordinaria unión que Cristo se digna contraer con
las almas que le están consagradas; acostumbrado a estar constantemente en lo más recóndito de las
«bodegas del Rey» (Cf. Ct. 2,4), gustaba de hacer partícipes a sus monjes, oyentes ansiosos de sus
palabras, de las abundantes luces con que le inundaba la Sabiduría increada. Sabido es que su
comentario del Cantar de los Cantares –que por desgracia nos ha llegado incompleto– lo forman
una serie de ochenta y seis sermones pronunciados en la abadía de Claraval.
En uno de éstos, el grande Abad traza con precisión maravillosa el retrato del alma verdadera
esposa de Jesucristo. He aquí un párrafo suyo que lo prueba: «Cuando veáis un alma que lo
abandona todo para unirse con todas sus fuerzas al Verbo, vivir para Él, dejarse guiar por Él y
concebir del Verbo lo que para el Verbo deberá dar a luz: un alma, en fin, que pueda decir con
verdad: Mi vida es Cristo y morir por Él sería mi mayor galardón, no dudéis en reconocerla como
esposa del Verbo»: Quam videris animam, relictis omnibus, Verbo votis omnibus adhaerere, Verbo
vivere, Verbo se regere, de Verbo concipere quod pariat Verbo; quae possit dicere: mihi vivere
Christus est et mori lucrum; puta conjugem, verboque maritatam (In Cantic, sermón 85,12).
En su comentario habla San Bernardo más de una vez de estados místicos propiamente dichos, de
desposorios místicos, de matrimonio espiritual, de operaciones extraordinarias de la gracia y del
amor divino, a las cuales llama el Señor a ciertas almas verdaderamente privilegiadas. Aunque
nosotros no pensamos ocuparnos ahora de tales estados –a los cuales por otra parte nadie puede
considerarse con derecho a aspirar por sí mismo– y no obstante que las frases transcritas del gran
contemplativo encontrarían su máxima aplicación principalmente en las almas admitidas por el
Verbo a vivir en las cumbres de las vías místicas, nos será lícito servirnos también de ellas para
deducir los caracteres más importantes y los deberes esenciales del alma que se hace esposa de
Jesucristo por la consagración del estado religioso.
Este bello pasaje del San Bernardo nos servirá de tema para el presente tratado.
Lo comentaremos
con satisfacción, en la persuasión de que nada responde mejor a los deseos del mismo Jesús. Por
otra parte ¿cómo os compenetraréis bien de los deberes relativos a vuestro estado, si no tenéis
siempre a la vista la excelencia del mismo? No hay duda de que, al observar la grandeza de vuestra
dignidad, se inflamará vuestro corazón de amor generoso hacia Aquel que, sin mérito ninguno de
vuestra parte, a ella os ha predestinado.
Procuraré, pues, explicaros en primer término cómo la misma santa Humanidad de Cristo es la
esposa del Verbo; en ella hallaremos efectivamente el más admirable modelo de la unión íntima que
el alma contrae con Cristo. Os explicaré después, también conforme al texto del santo doctor, las
cualidades indispensables de dicha unión; los muchos medios de que disponemos para sostenerla, y
los frutos admirables que de la misma podemos prometernos.
Dígnese la Virgen Inmaculada, cuya fecunda virginidad engendró al Rey de los reyes, ayudarnos en
la tarea que vamos a emprender.
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