I
San Gregorio Magno, en sus luminosos comentarios sobre Job, abre las más
profundas perspectivas sobre toda la historia de la Iglesia. Es que él mismo
estaba visiblemente animado de este espíritu profético derramado en todas
las Escrituras.
Contempla a la Iglesia, al fin de los tiempos, bajo la figura de Job humillado
y sufriente, expuesto a las insinuaciones pérfidas de su mujer y a las críticas
amargas de sus amigos; él, delante de quien en otros tiempos se levantaban
los ancianos, y los príncipes guardaban silencio.
La Iglesia, dice muchas veces el gran Papa, hacia el término de su
peregrinación, será privada de todo poder temporal; incluso se tratará de
quitarle todo punto de apoyo sobre la tierra.
Pero va más lejos, y declara que será despojada del brillo mismo que
proviene de los dones sobrenaturales.
«Se retirará, dice, el poder de los milagros, será quitada la gracia de las
curaciones, desaparecerá la profecía, disminuirá el don de una larga
abstinencia, se callarán las enseñanzas de la doctrina, cesarán los prodigios
milagrosos. Eso no quiere decir que no habrá nada de todo eso; pero todas
estas señales ya no brillarán abiertamente y de mil maneras, como en las
primeras edades. Será incluso la ocasión propicia para realizar un
maravilloso discernimiento. En ese estado humillado de la Iglesia crecerá la
recompensa de los buenos, que se aferrarán a ella únicamente con miras a
los bienes celestiales; por lo que a los malvados se refiere, no viendo en ella
ningún atractivo temporal, no tendrán ya nada que disimular, y se mostrarán
tal como son» (Moralia in Job, lib. XXXV).
¡Qué palabra terrible: se callarán las enseñanzas de la doctrina! San Gregorio
proclama en otras partes que la Iglesia prefiere morir a callarse. Por lo tanto,
ella hablará: pero su enseñanza será obstaculizada, su voz será ahogada; ella
hablará: pero muchos de los que deberían gritar sobre los techos no se
atreverán a hacerlo por temor a los hombres.
Y eso será la ocasión de un discernimiento temible.
San Gregorio vuelve frecuentemente sobre esta verdad, de que hay en la
Iglesia tres categorías de personas: los hipócritas o falsos cristianos, los
débiles y los fuertes. Ahora bien, en esos momentos de angustia, los
hipócritas se quitarán la máscara, y manifestarán abiertamente su apostasía
secreta; los débiles, desgraciadamente, perecerán en gran número, y el
corazón de la Iglesia sangrará de ello; finalmente, muchos de los mismos
fuertes, demasiado confiados en su fuerza, caerán como las estrellas del
cielo.
A pesar de todas estas tristezas punzantes, la Iglesia no perderá ni la valentía
ni la confianza. Será sostenida por la promesa del Salvador, consignada en
las Escrituras, de que esos días serán abreviados a causa de los elegidos.
Sabiendo que los elegidos serán salvados a pesar de todo, se entregará, en lo
más recio de la tormenta, a la salvación de las almas con una energía
infatigable.
II
En efecto, a pesar del espantoso escándalo de esos tiempos de perdición, no
hay que pensar que los pequeños y los débiles se perderán necesariamente.
El camino de salvación seguirá estando abierto, y la salvación será posible
para todos. La Iglesia tendrá medios de preservación proporcionados a la
magnitud del peligro. Y sólo perecerán aquellos de entre los pequeños que,
por haber abandonado las alas de su madre, serán presa del ave rapaz.
¿Cuáles serán esos medios de preservación? Las Escrituras no nos dan
ninguna indicación sobre este punto; más nosotros podemos formular sin
temeridad algunas conjeturas.
La Iglesia se acordará del aviso dado por Nuestro Señor para los tiempos de
la toma y destrucción de Jerusalén, y aplicable, según el parecer de los
intérpretes, a la última persecución.
«Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el
profeta Daniel, estar en el lugar santo (¡el que lee, entienda!), entonces los
que estén en la Judea huyan a los montes... Rogad que vuestra fuga no sea
en invierno ni en sábado, porque habrá entonces tribulación grande, cual no
la hubo desde el comienzo del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si no se
acortaran aquellos días, no se salvaría hombre viviente; más en atención a
los elegidos serán acortados aquellos días» (Mt. 24 15, 20-22).
En conformidad con estas instrucciones del Salvador, la Iglesia salvará a los
pequeños de su rebaño por medio de la fuga; Ella les preparará refugios
inaccesibles, donde los colmillos de la Bestia no los alcanzarán.
Uno puede preguntarse cómo habrá entonces refugios inaccesibles, cuando
la tierra se encontrará repleta y surcada de vías de comunicación. Hay que
contestar que Dios proveerá por sí mismo a la seguridad de los fugitivos.
San
Juan nos hace entrever la acción de la Providencia.
En el capítulo 12 del Apocalipsis, nos presenta a una Mujer revestida del sol
y coronada de estrellas; es la Iglesia. Esta Mujer sufre los dolores del parto;
porque la Iglesia da a luz a Dios en las almas, en medio de grandes
sufrimientos. Ante ella se aposta un gran dragón rojo, imagen del diablo y
de sus continuas emboscadas. Pero la Mujer huye al desierto, «a un lugar
preparado por Dios mismo, para que allí la sustenten durante mil doscientos
sesenta días» (Apoc. 12 6). Estos 1260 días, que son tres años y medio,
indican el tiempo de la persecución del Anticristo, como queda manifiesto
por los demás pasajes del Apocalipsis. Por lo tanto, durante este tiempo la
Iglesia, en la persona de los débiles, huirá al desierto, a la soledad; y Dios
mismo se cuidará en mantenerla escondida y alimentarla.
El fin del mismo capítulo contiene detalles sobre esta huida. Se le dieron a
la Mujer dos grandes alas de águila, para transportarla al desierto. El dragón
trata de perseguirla, y su boca vomita en pos de ella agua como río; pero la
tierra socorre a la Mujer, y absorbe el río. Estas palabras enigmáticas
designan alguna gran maravilla que Dios realizará en favor de su Iglesia; la
rabia del dragón vendrá a morir a sus pies.
Sin embargo, mientras los débiles orarán con seguridad en una soledad
misteriosa, los fuertes y los valientes entablarán una lucha formidable, en
presencia del mundo entero, con el dragón desencadenado.
III
En efecto, está fuera de toda duda que habrá, en los últimos tiempos, santos
de una virtud heroica.
Al comienzo, Dios dio a su Iglesia los Apóstoles, que
abatieron el imperio idólatra, y la fundaron y cimentaron en su propia sangre.
Al final le dará también hijos y defensores, probablemente ni menos santos
ni menores.
San Agustín exclama, al pensar en ellos: «En comparación con los santos y
fieles que habrá entonces, ¿qué somos nosotros? Pues, para ponerlos a
prueba el diablo, a quien nosotros debemos combatir al precio de mil
peligros, estará desencadenado, cuando ahora está atado. Y, sin embargo,
añade, es de creer que ya en el día de hoy Cristo tiene soldados lo bastante
prudentes y fuertes, para poder despistar con sabiduría, si es preciso, todas
sus emboscadas, y soportar con paciencia los asaltos de su enemigo, incluso
cuando está desencadenado» (De Civitate Dei, lib. XX, 8).
San Agustín se pregunta luego: ¿Habrá aún conversiones, en esos tiempos
de perdición? ¿Se bautizará aún a los niños, a pesar de las prohibiciones del
monstruo? ¿Los santos tendrán entonces el poder de arrancar almas de las
fauces del dragón furioso? El gran Doctor contesta afirmativamente a todas
estas preguntas. Sin lugar a dudas, las conversiones serán más raras, pero por
eso mismo resultarán más sorprendentes. Sin lugar a dudas, y por regla
general, es preciso que Satán esté atado para que se lo pueda despojar (Mt.
11 29); pero, en esos días, Dios se complacerá en mostrar que su gracia es
más fuerte que el fuerte mismo, en su desencadenamiento más furioso.
Cada cual puede observar cuán consoladoras son estas verdades.
Mas ¿quiénes serán los santos de los últimos tiempos? Nos gusta pensar que
entre ellos habrá soldados. El Anticristo será un conquistador, y mandará a
ejércitos; pero encontrará ante él Legiones Tebanas, héroes de esta raza
gloriosa e indomable que tiene a los Macabeos por antecesores, y que cuenta
entre sus líneas a los Cruzados, los campesinos de la Vandee y del Tirol, y
finalmente los Zuavos pontificios. A esos soldados los podrá aplastar bajo el
peso de sus huestes numerosísimas, pero no los hará huir.
Pero el Anticristo será sobre todo un impostor; por consiguiente, encontrará
como principales adversarios a los apóstoles armados del crucifijo. Como la
última persecución revestirá el aspecto de una seducción, éstos unirán a la
paciencia de los mártires la ciencia de los doctores. Nuestro Señor se los hizo
ver un día a Santa Teresa, con espadas luminosas en las manos.
A la cabeza de estas falanges intrépidas, aparecerán dos enviados
extraordinarios de Dios, dos gigantes en santidad, dos sobrevivientes de las
edades antiguas: acabamos de nombrar a Henoc y Elías, de los que
hablaremos en el artículo siguiente.
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