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IMPERIO DEL ANTICRISTO - P. André Emmanuel (Parte I I)



Visión del profeta Daniel 

 Una noche el profeta Daniel tuvo una visión formidable. Mientras que los cuatro vientos del cielo se combatían en un vasto mar, vio surgir del medio de las olas cuatro fieras monstruosas. Eran una leona, un oso, un leopardo de cuatro cabezas, y no se qué monstruo de una fuerza prodigiosa, que tenía dientes y uñas de hierro, y diez coronas en la frente. Le fue revelado al profeta que estas cuatro fieras significaban cuatro imperios que se levantarían sucesivamente sobre las olas cambiantes de la humanidad. Ahora bien, mientras que Daniel consideraba con espanto la cuarta fiera, vio nacer un pequeño cuerno en medio de los otros diez, que abatía a tres de ellos, y crecía más que todos los demás; y este cuerno tenía como ojos de hombre, y una boca que profería grandes discursos; y hacía la guerra a los santos del Altísimo, y prevalecía contra ellos. El profeta pidió el significado de esta visión extraña. Le fue dicho que los diez cuernos representaban a diez reyes; que el pequeño cuerno era un rey que acabaría por dominar sobre toda la tierra con un poder inaudito. «Vomitará, le fue dicho, blasfemias contra Dios, atropellará a los santos del Altísimo, y se creerá con facultad de mudar las festividades y las leyes, y los santos serán dejados en sus manos por un tiempo, dos tiempos, y la mitad de un tiempo» (Dan. 7 25). 

  II 

 Por este rey, todos los intérpretes entienden al Anticristo. ¿Cuál es la bestia en que sale, al tiempo señalado, este cuerno de impiedad? Es la Revolución, por la que se entiende todo el cuerpo de los impíos, que obedecen a un motor oculto, que se levanta contra Dios: la Revolución, poder a la vez satánico y bestial, satánico como animado de un espíritu infernal, bestial como entregado a todos los instintos de la naturaleza degradada. Tiene dientes y uñas de hierro: pues forja leyes despóticas, por medio de las cuales despedaza la libertad humana. Trata de apoderarse de los reyes y de los gobiernos, que deben pactar con ella. Cuando aparezca el Anticristo, tendrá diez reyes a su servicio, como si fueran diez cuernos en la frente. El Anticristo, nos dice Daniel, aparecerá como un pequeño cuerno; es decir, sus comienzos serán oscuros. No saldrá de familia real; será un Mahoma, un Madhi, que se elevará poco a poco por la osadía de sus imposturas, secundadas por la complicidad total del diablo. Efectivamente, el cuerno que lo representa es muy diferente de los demás. Tiene ojos como ojos de hombre; pues el nuevo rey es un vidente, un falso profeta. Tiene una boca que profiere palabras grandilocuentes; porque se impone no menos por el brillo de su palabra y la seducción de sus promesas, que por la fuerza de las armas y las astucias de la política. Todo el mundo tendrá pronto las miradas vueltas hacia el impostor, cuyas hazañas celebrarán las trompetas de una prensa complaciente. Su popularidad hará sombra a varios de los soberanos apóstatas, que se repartirán entonces el imperio de la bestia revolucionaria. De ello se seguirá una lucha gigantesca, en la cual, según Daniel, el Anticristo abatirá a tres de sus rivales. En ese momento todos los pueblos, fanatizados por sus prodigios y sus victorias, lo aclamarán como el salvador de la humanidad. Y los otros reyes no tendrán más remedio que sometérsele. Comenzará entonces una crisis terrible para la Iglesia de Dios. Pues el cuerno de impiedad, después de llegar a la cumbre del poder, hará la guerra a los santos y prevalecerá contra ellos. 

  III 

 Es probable que, durante todo este primer período que podrá durar largos años, el hombre del pecado afectará tener aires de moderación hipócrita. Judío, se presentará a los judíos como el Mesías prometido, como el restaurador de la ley de Moisés; tratará de aplicar en su favor las misteriosas profecías de Isaías y de Ezequiel; reconstruirá, según el parecer de varios Padres, el templo de Jerusalén. Los judíos, al menos en parte, deslumbrados por sus falsos milagros y su fasto insolente, lo recibirán a él, el falso Cristo; y pondrán a su disposición la alta finanza, toda la prensa, y las logias masónicas del mundo entero. Es también muy verosímil que el Anticristo tratará con consideración, para encumbrarse, a los partidarios de las falsas religiones. Se presentará como plenamente respetuoso de la libertad de cultos, una de las máximas y una de las mentiras de la bestia revolucionaria. Dirá a los budistas que él mismo es un Buda; a los musulmanes, que Mahoma es un gran profeta. Incluso no es nada imposible que el mundo musulmán acepte al falso Mesías de los Judíos como un nuevo Mahoma. ¿Qué podemos saber? Tal vez llegará a decir, en su hipocresía, y semejante en esto a Herodes su precursor, que quiere adorar a Jesucristo. Pero no se tratará sino de una burla amarga. ¡Ay de los cristianos que soporten sin indignación que su adorable Salvador sea colocado en pie de igualdad con Buda y Mahoma, en no sé qué panteón de falsos dioses! Todos estos artificios, semejantes a las caricias del caballero que quiere subirse a su montura, ganarán insensiblemente el mundo para el enemigo de Jesucristo; pero una vez bien asentado sobre los estribos, hará valer los frenos y las espuelas; y pesará entonces sobre la humanidad la más espantosa de las tiranías. 

  IV 

 San Pablo nos da a conocer de un solo trazo de pluma el carácter extremo de esta tiranía, la más odiosa que existió y que existirá jamás. El hombre del pecado, dice, el hijo de la perdición, el impío, «hará frente y se levantará contra todo el que se llama Dios o tiene carácter religioso, hasta llegar a invadir el santuario de Dios, y poner en él su trono, ostentándose a sí mismo como quien es Dios» (II Tes. 2 4). Daniel lo había predicho antes que San Pablo. «No atenderá a los dioses de sus padres, ni a la favorita de sus mujeres, ni hará caso de ningún dios, pues se creerá superior a todos» (Dan. 11 37). Así, pues, cuando el Anticristo haya sometido al mundo, cuando haya colocado en todas partes sus lugartenientes y sus criaturas, cuando pueda hacer valer en su propio provecho todos los recursos de una centralización llevada a su colmo: entonces se quitará la máscara, proclamará que todos los cultos quedan abolidos, se presentará como el único Dios, y bajo las más espantosas e infamantes penas intentará forzar a todos los habitantes de la tierra a que adoren su propia divinidad, con exclusión de toda otra. A eso llegará la famosa libertad de cultos, que tanto se predica ahora; la promiscuidad de los errores exige lógicamente esta conclusión. Mientras estaba en la tierra, el adorable Jesús, dulce y humilde de corazón, que era Dios, no se propuso nunca a la adoración de sus apóstoles; al contrario, llegó hasta a ponerse de rodillas ante ellos, al lavarles los pies. Mas el Anticristo, monstruo de impiedad y de orgullo, se hará adorar por la humanidad enloquecida y seducida; ella habrá escogido este amo, prefiriéndolo al primero. ¡Y no se piense que la trampa será evidente! No olvidemos, dice San Gregorio, que el monstruo dispondrá del poder del diablo para hacer prodigios: y así, mientras que al comienzo los milagros estaban del lado de los mártires, en ese momento parecerán estar del lado de los verdugos. 

Habrá un deslumbramiento, un vértigo. Sólo los verdaderos humildes, afianzados en Dios, se darán cuenta de la impostura y escaparán a la tentación. Pero ¿dónde establecerá su culto el Anticristo? San Pablo dice: «en el templo de Dios». San Ireneo, casi contemporáneo de los Apóstoles, precisa más, y dice que, en el templo de Jerusalén, que hará reconstruir. Ese será el centro de la horrible religión. San Juan, por otra parte, nos hace saber que la imagen del monstruo será propuesta en todas partes a la adoración de los hombres (Apoc. 13 24). Entonces el budismo, mahometismo, protestantismo, etc., serán suprimidos y abolidos. Pero no hace falta decir que el furor del mundo se dirigirá contra Nuestro Señor y su Iglesia. El Anticristo hará cesar el culto público; suprimirá, dice Daniel, el sacrificio perpetuo. No se podrá ya celebrar la Santa Misa más que en las cavernas y lugares ocultos. Las iglesias profanadas presentarán a las miradas de todos, la abominación de la desolación, a saber, la imagen del monstruo colocada sobre los altares del verdadero Dios. En la Revolución francesa hubo un ensayo de todo esto. Aquí se dejará sentir la mano de Dios. Abreviará esos días de suma angustia. Esta persecución, que conmovería a las mismas columnas del cielo, durará sólo un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo, a saber, tres años y medio.

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