Algo en el cielo susurra que nacerá,
que la historia respira antes de despertar.
Su Madre, arca eterna en un mundo de sombras,
custodia la llama que ningún poder ahoga.
No era “necesario” al modo de la tierra,
pero sí conveniente al corazón que espera:
cuando el Amor quiere sanar la herida,
elige el camino que más cerca nos mira.
El mensajero habló a la joven de luz,
dijo “no temas, que en ti crece la plenitud”.
Y mientras el mundo buscaba apagarlo,
ella guardó el fuego que vendría a elevarnos.
Porque amar nos costaba…
pero Él vino a enseñarnos
que volver a amar
ya no es tan duro cuando alguien nos ama tanto.
Nacerá, nacerá,
como aurora en la noche que no pudo apagarlo.
Nacerá, nacerá,
y en nosotros despierta el bien que habíamos olvidado.
Que crezca el Nazareno en lo profundo del ser,
que vuelva a unir lo que el miedo rompió ayer.
Nacerá, nacerá,
y el invierno no podrá con su llegada.
Un dragón vigilaba la ruta del viento,
quería romper la promesa del tiempo.
María y José avanzaban sin ruido,
mientras la noche escondía al Niño.
Él venía a mostrarnos que somos valiosos,
que la carne humana es templo precioso.
La dignidad que perdimos por dentro
volvía
a levantarse con su advenimiento.
Nada es tan fuerte como unir lo distante:
lo eterno y lo frágil, lo alto y lo errante.
La cumbre del cielo tocó la arena,
para recordar que la miseria también se eleva.
Si alguna vez preferimos la voz del engaño,
adviento es el tiempo de romper ese lazo.
Hay un bien que despierta sólo cuando dejamos
que en nosotros renazca el Verdadero Icono Humano.
Nacerá, nacerá,
como un sol que la historia no pudo detener.
Nacerá, nacerá,
y su paso levanta lo que ya no sabía volver.
Que crezca el Nazareno dentro del alma,
como árbol que rompe cadenas y calma.
Nacerá, nacerá,
y en su luz también renacerás.
Cuando el amor se encarna,
la sombra pierde nombre.
Cuando la dignidad vuelve a tu carne,
el dragón ya no responde.
Él vino a unir extremos imposibles,
primero y último,
polvo y altura.
Adviento es recordar
que esa unión también es nuestra.
Nacerá, nacerá,
y en nosotros crecerá lo que el mundo no pudo dar.
Nacerá, nacerá,
y la noche aprenderá que no puede gobernar.
Que crezca el Nazareno,
que despierte lo eterno.
Adviento es el canto del corazón que dice:
“Nacerá… en mí primero”.
G.D
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