Los hechos maravillosos que vamos a referir no son suposiciones
aventuradas; son verdades sacadas de la Escritura Sagrada, y que sería por
lo menos temerario negar.
Antes del fin de los tiempos, y durante la persecución del Anticristo, se verá
reaparecer en medio de los hombres a dos personajes extraordinarios,
llamados Henoc y Elías.
¿Quiénes son estos personajes? ¿En qué condiciones se realizará su aparición
providencial en la escena del mundo? Es lo que vamos a examinar, a la luz
de las Escrituras y de la Tradición.
I
Henoc es uno de los descendientes de Set, hijo de Adán, y tronco de la raza
de los hijos de Dios.
Es la cabeza de la sexta generación a partir del padre
del género humano. El Génesis nos enseña sobre él lo que sigue:
«Jared llevaba de vida ciento sesenta y dos años cuando engendró a Henoc...
Henoc llevaba de vida sesenta y cinco años cuando engendró a Matusalén; y
caminó Henoc en compañía de Dios, después de haber engendrado a
Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Resultaron, pues, todos
los días de Henoc trescientos sesenta y cinco años. Ahora bien, Henoc
caminó en compañía de Dios, y desapareció, porque Dios le tomó consigo»
(Gen. 5 18-25).
Dios arrebató a la edad de 365 años, es decir, dada la extrema longevidad de
esa época, en la madurez de su edad. No murió, sino que desapareció. Fue
transportado, vivo, a un lugar conocido sólo por Dios. Esto es lo que sabemos
de Henoc, patriarca de la raza de Set, bisabuelo de Noé, antecesor del
Salvador.
Por lo que se refiere a Elías, su historia es mejor conocida. Henoc, anterior
al Diluvio, nació varios miles de años antes de Jesucristo. Elías apareció en
el reino de Israel menos de mil años antes del Salvador; es el gran profeta de
la nación judía.
Su vida es de lo más dramática (III y IV Reyes). Se podría decir que es una
profecía en acción del estado de la Iglesia en tiempos de la persecución del
Anticristo.
Siempre anda errante, siempre se ve amenazado de muerte,
siempre es protegido por la mano de Dios.
Unas veces Dios lo oculta en el desierto, donde lo alimentan unos cuervos;
otras veces lo presenta al orgulloso Acab, que tiembla ante él. Dios le entrega
las llaves del cielo, para enviar la lluvia o el rayo; lo favorece en el monte
Horeb con una visión llena de misterios.
En resumen, lo engrandece hasta darle la talla de Moisés taumaturgo, de
manera que juntamente con Moisés escolta a Nuestro Señor en el Tabor.
La desaparición de Elías responde a una vida tan sublimemente extraña. Se
lo ve caminar con su discípulo Eliseo; se abre un paso a través del Jordán,
golpeando las aguas con su manto. Anuncia que va a ser arrebatado al cielo.
De repente, «mientras ellos iban hablando, un carro de fuego y unos caballos
de fuego los separaron a entrambos, y subió Elías en un torbellino al cielo.
Eliseo lo veía y gritaba: «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su auriga!»
Y no le vio más» (IV Rey. 2 11-12).
De este modo Elías, el amigo de Dios, el celador de su gloria, fue también
arrebatado y transportado a una región misteriosa, en la que se encontró con
su antecesor, el gran Henoc.
¿Cuál es esta región? Henoc y Elías están vivos, eso es seguro. ¿Dónde los
ha escondido Dios? ¿En alguna región inaccesible de esta pobre tierra? ¿En
algún lugar del firmamento? Nadie lo sabe.
Se puede afirmar solamente que, por el momento, se encuentran fuera de las
condiciones humanas; los siglos pasan debajo de sus pies, sin afectarlos;
permanecen en la madurez de su edad, seguramente tal como eran cuando
Dios los arrebató de en medio de los hombres.
II
Su reaparición en la escena del mundo no es menos segura que su
desaparición.
En efecto, el autor del Eclesiástico, expresando toda la tradición judía, habla
de estos dos grandes personajes en los siguientes términos:
«Henoc agradó a Dios, y fue transportado al paraíso, para predicar la
penitencia a las naciones» (Ecles. 44 16).
«¿Quién puede gloriarse de ser tu igual, oh Elías?... Tú, que fuiste arrebatado
en un torbellino a lo alto, y por un carro con caballos de fuego; tú, de quien
está escrito que fuiste preparado para un tiempo dado, para apaciguar la
cólera de Dios, para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y
restablecer las tribus de Israel» (Ecles. 48 1-11).
Estas palabras de un libro canónico nos revelan claramente que Henoc y
Elías tienen que realizar una misión ulterior. Henoc debe predicar la
penitencia a las naciones, o si se prefiere esta traducción, conducir las
naciones a la penitencia. Elías debe restablecer un día las tribus de Israel, es
decir, devolverles su rango de honor al que tienen derecho en la Iglesia de
Dios.
La unanimidad de los doctores ha comprendido que esta doble misión se
realizará simultáneamente al fin del mundo. Elías en particular es
considerado como el precursor de Jesucristo cuando venga del cielo como
Juez; este pensamiento se deduce manifiestamente de los Evangelios (Mt.
17; Mc. 9).
Por lo tanto, los hombres verán un día, y no sin terror, cómo Henoc y Elías
vuelven a descender en medio de ellos, y les predican la penitencia con un
brillo extraordinario. San Juan los llama los dos testigos de Dios, y los pinta
como sigue en su Apocalipsis (11 3-7):
«Daré orden a mis dos testigos, y profetizarán vestidos de saco mil
doscientos sesenta días.
Estos son los dos olivos y los dos candelabros que están en la presencia del
Señor de la tierra. Y si alguno les quiere hacer mal, saldrá fuego de su boca
y devorará a sus enemigos. Y si alguno pone su mano sobre ellos, perecerá
sin remedio del mismo modo.
Estos tienen la potestad de cerrar el cielo para que no llueva durante los días
de su profecía, y tienen potestad sobre las aguas para convertirlas en sangre,
y para herir la tierra con todo linaje de plagas, siempre y cuando quisieren».
¿Quién no reconoce en este retrato al Elías del Antiguo Testamento, que
cerró el cielo durante tres años y medio, e hizo caer fuego del cielo sobre los
soldados que venían a capturarlo?
Los mil doscientos sesenta días señalan el tiempo de la persecución final,
como ya lo hemos hecho observar.
La aparición de los testigos de Dios
coincidirá, pues, con la persecución del Anticristo.
Hay que reconocer que el socorro dado a la Iglesia será proporcionado a la
magnitud del peligro.
Los dos testigos de Dios, revestidos de las insignias de la penitencia más
austera, irán por todas partes, y en todas partes serán invulnerables; una nube,
por decirlo así, los cubrirá, y fulminará a quienquiera ose tocarlos. Tendrán
en sus manos todas las plagas, para herir con ellas a la tierra según su arbitrio.
Predicarán con una libertad suma, en la misma presencia del Anticristo.
Este se estremecerá de rabia; y habrá un duelo formidable entre el monstruo
y los dos misioneros de Dios.
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