I. Este misterio excede de manera principal a la razón humana entre
todas las obras divinas; pues nada puede pensarse más admirable entre las
obras de Dios como que el Hijo de Dios, verdadero Dios, se haya hecho
verdadero hombre. Y porque esto es admirabilísimo entre todas las cosas,
síguese que todas las otras maravillas se ordenan a la fe de este gran
misterio, en virtud del principio de que el primero en un género es causa de
los demás.
II. Confesamos esta encarnación admirable de Dios, enseñada por la
autoridad divina, pues se dice: Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre
nosotros (Jn 1, 14). Muestran también esto abiertamente las mismas palabras
de Nuestro Señor Jesucristo, cuando habla de sí cosas humildes y humanas,
diciendo: El Padre es mayor que yo (Jn 14, 28), y: Triste está mi alma hasta
la muerte (Mt 26, 38), todo lo cual le conviene por razón de su humanidad; y
siempre que de sí mismo dice cosas sublimes y divinas: Yo y el Padre somos
una cosa (Jn 10, 30). Todas cuantas cosas tiene el Padre, mías son (Jn 16,
15). Todo lo cual ciertamente le corresponde según su naturaleza divina.
También prueban esto los hechos del Señor que se leen acerca de Él.
Pues el haber tenido temor, el haberse entristecido, el tener hambre, el morir,
manifiestan su naturaleza humana; y cuando curó los enfermos con su
propio poder y resucitó a los muertos y se impuso eficazmente a los elemen
tos del mundo, y expulsó a los demonios, y perdonó los pecados, cuando
resucitó de entre los muertos con su propia voluntad y subió por último a los
cielos, demostró su virtud divina.
(Contra Gentiles, lib. IV, cap. XXVII)
III.
Entre todas las criaturas nada hay tan semejante a esta unión de la
naturaleza divina y humana en la Encarnación como la unión del alma y el
cuerpo. Por lo cual dice San Atanasio: "Así como el alma racional y la carne
es un solo hombre, del mismo modo Dios y hombre es un solo Cristo. Pero
la semejanza no consiste en que el alma racional se una al cuerpo como a
materia; porque de ese modo se formaría de Dios y del hombre una sola
naturaleza."
Podemos usar de esa comparación en el sentido de que el alma se une
al cuerpo como a un instrumento. Y efectivamente los doctores han conside
rado a la naturaleza humana en Cristo como una especie de órgano de la
divinidad, así como se considera al cuerpo órgano del alma.
Pero el cuerpo es órgano del alma de modo distinto que lo son los
instrumentos exteriores. La azuela no es un instrumento propio del alma
como lo es la mano, pues la mano es órgano unido a ella y propio, en cambio
la azuela es un instrumento extrínseco y común.
La unión de Dios y del hombre puede considerarse de este modo: todos
los hombres pueden considerarse como instrumentos con los cuales Dios
obra.
Pues Él es el que obra en nosotros tanto el querer como el ejecutar.
Todo hombre, con respecto a Dios, es un instrumento exterior y separado,
porque es movido por Dios no para sus operaciones propias, sino para las
operaciones comunes a toda naturaleza racional, como entender la verdad,
amar el bien, y obrar lo justo. Mas, por el contrario, la naturaleza humana de
Cristo ejecuta instrumentalmente operaciones propias de Dios solo, como
purificar los pecados, iluminar las mentes con la gracia, e introducir en la
perfección de la vida eterna.
La naturaleza humana de Cristo es, con respecto a Dios, como un ins
trumento propio y unido, como la mano al alma. Este ejemplo no nos
da una semejanza completa, pues debe entenderse que el Verbo de Dios se
unió a la naturaleza humana de un modo más sublime e íntimo.
(Contra Gentiles, lib. 4, cap. 41)
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