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EL DON DEL HIJO DE DIOS EN LA ENCARNACIÓN - TOMAS DE AQUINO


I. Por lo que toca al mismo Cristo, es evidente que ninguno de sus méritos pudo preceder a la unión hipostática; porque no admitimos que antes fuese puro hombre, y después, por el mérito de su buena vida, obtuviera el ser Hijo de Dios, como supuso Potino; sino que decimos que desde el principio de su concepción aquel hombre fue verdaderamente Hijo de Dios, pues no poseía otra hipóstasis que la del Hijo de Dios, según la palabra de San Lucas: Lo santo, que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios (Lc 1, 35). Por consiguiente, toda operación de aquel hombre siguió a la unión. Luego ninguna acción suya pudo merecer la unión. 

II. Tampoco las acciones de otro hombre pudieron merecer de condig no esta unión. 

1º) Porque las obras meritorias del hombre se ordenan propiamente a la bienaventuranza, que es el premio de la virtud y consiste en el gozo pleno de Dios; mas la unión de la encarnación, que se realiza en el ser personal, tras pasa la unión del alma bienaventurada con Dios, la cual se opera por el acto del que la disfruta; y por eso esta unión no puede ser objeto del mérito. 

2º) Porque la gracia no puede caer bajo el mérito; pues el principio del merecimiento no es objeto del mismo, y por tanto tampoco la misma gracia, que es principio de mérito. Luego, mucho menos cae la encarnación bajo el merecimiento, ya que es principio de la gracia, como dice San Juan (1, 17): La gracia y la verdad fueron hechas por Jesucristo. 

3º) Porque la encarnación de Cristo repara toda la naturaleza humana, y por eso no cae bajo el mérito de un hombre singular, pues el bien de un individuo no puede ser causa del bien de toda la naturaleza. Sin embargo, ex congruo merecieron los santos Padres la encarnación al desearla y pedirla. Pues era conveniente que Dios escuchase a los que le obedecían. Se dice que la Bienaventurada Virgen mereció llevar al Señor de todo, no porque mereciera que éste se encarnase, sino porque mereció, por la gracia que le dio el Senior, un grado tal de pureza y santidad, que pudiese ser dignamente la Madre de Dios.

 (3ª, q. II, a. XI)

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