El Espíritu Santo vendrá sobre ti (Lc. 1, 35).
I. La formación del cuerpo de Cristo, que fue llevada a cabo por la
virtud divina, se atribuye convenientemente al Espíritu Santo, aunque es
común a toda la Trinidad.
Esto se armoniza con la Encarnación del Verbo; porque así como
nuestra palabra, concebida en la mente, permanece invisible, pero se hace
perceptible exteriormente por la voz, del mismo modo el Verbo de Dios,
según la generación eterna, existe invisiblemente en el corazón del Padre, y
se nos ha hecho como visible por la Encarnación. Por lo cual la Encarnación
del Verbo de Dios es como la expresión vocal de nuestro verbo mental. Y la
expresión vocal de nuestra palabra interior se hace por nuestra espiración, de
la cual se forma la voz de nuestro verbo, de ahí que se diga justamente que
el Espíritu Santo formó el cuerpo del Hijo de Dios.
Este modo de hablar conviene también para insinuar cuál es la causa
motriz de la Encarnación del Verbo. Esa causa no pudo ser otra que el amor
de Dios al hombre, a cuya naturaleza quiso unirse en unidad de persona; y
como en Dios, el Espíritu Santo es quien procede por vía de amor, síguese
que es conveniente atribuir al Espíritu Santo la obra de la Encarnación.
También es común en la Sagrada Escritura atribuir toda gracia al
Espíritu Santo, porque todo don gratuito parece proceder del amor del
donante; y como ninguna gracia mayor fue dada al hombre que la de la
unión a Dios en la persona, convenientemente se atribuye esta al Espíritu
Santo.
(Contra Gentiles, lib. IV, cap 45).
II. En toda acción que realiza un efecto creado, resplandece alguna
apropiación a las personas divinas, como en la Encarnación, según San Juan
Damasceno, se destacan la bondad, la sabiduría y el poder de Dios; la
bondad, porque Dios no despreció la debilidad de su criatura; el poder,
porque unió cosas infinitamente distantes; la sabiduría, porque encontró el
modo más conveniente de realizar lo que parecía imposible. Sin embargo
cada operación se apropia mejor a una persona, según que el atributo de esa
persona se manifieste más evidente.
Ahora bien, cuando un don sea más indebido y exceda al merecimiento
de la criatura, tanto más manifestará la gracia y la bondad de Dios. Y tal es
la obra la Encarnación, por eso se apropia al Espíritu Santo, que es principio
de la gracia.
Es verdad que el poder se atribuye al Padre, pero debernos advertir
que, aun cuando el poder resplandezca en la Encarnación, sin embargo más
brilla en ella la bondad; pues el poder está en la obra, mientras que la bondad
está en el fin de ella, y el fin es la causa de las causas; por lo cual de éste
debe tomarse principalmente la denominación.
(3, Dist., 4, q. única, a. 1)
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