Gritan los siglos con voz ajena,
marcan culpables sin ver la escena.
Nombran ciudades, trazan condenas,
y olvidan el alma, su vieja pena.
La mujer viste oro y fuego,
sostiene el cáliz del ego.
Pero no es piedra ni templo ajeno,
es el espejo del mundo entero.
No era Roma, no era Roma,
era el corazón que se corona.
Era el amor que se traiciona,
la fe vendida por su persona.
No era Roma, era el alma en ruina,
la que olvida la voz divina.
Pintan de púrpura la mentira,
rezan al viento, el oro admira.
Los montes tiemblan, la copa gira,
y el profeta llora, la voz suspira.
Creyeron ver fuego en las torres viejas,
sin ver el humo de sus ideas.
Nombraron Roma, pero era un eco,
de la Jerusalén que olvidó su credo.
No era Roma, no era Roma,
era el corazón que se corona.
Era el amor que se traiciona,
la fe vendida por su persona.
No era Roma, era el alma en ruina,
la que olvida la voz divina.
Cada altar que el hombre erige,
cuando su orgullo lo dirige,
vuelve a encender la misma llama,
la vieja herida, la misma dama.
No busques lejos, mira adentro,
allí se libra el sacramento.
La ramera duerme en el templo,
cuando el amor no tiene centro.
No era Roma, no era Roma,
era la novia que se despoja.
Era la historia que se equivoca,
el mismo canto en otra boca.
No era Roma, era el alma herida,
que espera aún la eterna vida.
Y Juan lloró… no por la ciudad,
sino por el corazón que no supo amar.

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