HISTORIA ANTIGUA Y NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA
Las cosas antiguas tienen algo de romántico. Nos emocionamos ante las noticias de arqueólogos que descubren tesoros de tiempos remotos. Leemos – o detenemos el control remoto del televisor cuando un erudito promete descifrar los secretos de un pergamino recién descubierto. Cuando el tema es el Cristianismo antiguo, sentimos una especial emoción. Durante esos primeros siglos, la Iglesia experimentó un crecimiento explosivo, pero solo dejó algunos rastros aislados, así que todas las historias deben inspirarse en la misma reducida colección de claves: los mismos fragmentos de alfarería y piel de becerro…las mismas referencias superficiales en documentos imperiales…los mismos extraños símbolos que han qudado en murales y mosaicos…los mismos pocos sermones y cartas que nuestros antepasados espirituales tuvieron el cuidado de preservar. Entre las formas de estas sombras, intentamos descifrar nuestro “código genético” espiritual para comprender mejor a los cristianos que somos y a los cristianos que deseamos ser.
Sin embargo, algunos oponentes del Cristianismo ven los nuevos descubrimientos como evidencia de que la doctrina cristiana es inconsistente, inconstante, oportunista y básicamente falsa.De este modo, cuando se realiza un nuevo descubrimiento, ya sea un terreno con catacumbas o un evangelio apócrifo, se convierte en noticia destacada. Y a veces, incluso cuando no hay noticas reales, los medios fabrican noticias. Cuando hace varios años salió a la luz el llamado “Evangelio de Judas”, la noticia apareció durante semanas en los principales periódicos y programas de televisión.
Los titulares hablaban de “nuevas revelaciones” que pondrían en duda y cambiarían las creencias de los cristianos acerca de su origen. Pero fue un fracaso. No existían nuevas revelaciones. Al despuntar el milenio, la película y la novela de las que más se habló – La Pasión de Cristo y el Código Da Vinci– también trataron sobre los orígenes del Cristianismo. El director de la película se esforzó por lograr una gran exactitud histórica y enfureció a los críticos seculares. Por su lado, el autor de la novela se basó en teorías de conspiración, falsificación y fraudes, enredando los principales detalles históricos prácticamente en todos los capítulos, pero no lo cuestionaron ni los medios crédulos ni el público.
Lo que tenían en común la película y el libro era su interés en los orígenes del Cristianismo y su descomunal éxito. Y no son los únicos. Un erudito bíblico señaló recientemente: “Durante los últimos cinco años, numerosos libros sobre los primeros tiempos del Cristianismo han ocupado el primer lugar en ventas. Los especiales sobre figuras como Jesús y Constantino se producen a tal escala, que podrían llenar los canales de televisión sobre historia durante veinticuatro horas”
El Cristianismo antiguo es una atracción probada en las taquillas y las librerías. Nuestro prójimo tiene curiosidad por la Iglesia primitiva y más que deseos de obsesionarse por ésta Pero, ¿cómo se debe proceder para estudiar el Cristianismo antiguo cuando las narraciones de los medios han estado escandalosamente mal informadas? Creo que la clave para comprender la Iglesia primitiva es un nuevo conocimiento de las fuentes antiguas. En este libro presentaremos a las figuras más importantes de los primeros siglos del Cristianismo. Leeremos sus palabras, escucharemos su versión de la historia. Deseo que muchos lectores sigan estudiando las obras de estos autores antiguos en ediciones más completas y en historias más detalladas. (Al final de este libro se encuentran algunas lecturas recomendadas). Lo que encontramos en la Iglesia Primitiva deberíamos llamarlo correctamente “Cristianismo clásico”.
Durante las primeras generaciones, la Iglesia ya tenía cierta forma discernible. Poseía estructuras de autoridad bien establecidas, un canon de escritos sagrados y patrones de ritual de culto. Más precisamente: era una Iglesia que contaba con obispos, sacerdotes y diáconos. Tenía un papa. Sus seguidores veneraban a la Santísima Virgen María y buscaban la intercesión de los santos. Era una Iglesia que oraba por los muertos que sufrían en el purgatorio. Era una Iglesia que ungía a los enfermos con santos óleos, que llamaba a la Misa un sacrificio y que bendecía a su gente con agua bendita. Y tenía un nombre que llenó de satisfacción a sus seguidores: Católico. Hoy, cuando los católicos observamos el pasado entre las ruinas fragmentarias de esos primeros siglos, no podemos más que reconocer algo muy familiar, y tampoco podemos más que esperar hacer ese algo más familiar también para otros, especialmente para los millones que comparten nuestro interés por los antiguos, pero a quienes les falta la fe que nosotros hemos heredado.
MIKE AQUILINA
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