Ian Gianz
El debate sobre los libros deuterocanónicos suele presentarse como una discusión tardía, surgida recién en la época de la Reforma. Sin embargo, la raíz del problema es mucho más antigua: tiene que ver con la pregunta sobre qué Escrituras conoció y utilizó realmente la Iglesia del primer siglo. Durante siglos, la respuesta fue clara y unánime: la Iglesia naciente leyó la Septuaginta (LXX), la traducción griega del Antiguo Testamento difundida por todo el mundo judío fuera de Palestina. Y en esa Biblia, que fue la Biblia de Jesús, de los apóstoles y de los primeros cristianos, los libros deuterocanónicos eran parte integral del canon litúrgico y doctrinal.
Hoy algunos intentan borrar ese hecho histórico, imponiendo una idea anacrónica del canon hebreo tardío sobre la Iglesia apostólica. Sin embargo, el propio Nuevo Testamento ofrece un testimonio que resulta imposible de refutar: los escritores sagrados conocían y usaban conceptos, expresiones e incluso tradiciones narrativas que proceden explícitamente de los deuterocanónicos.
Estas conexiones no son casuales ni indirectas. Algunas son alusiones claras, otras son paralelos temáticos y otras, sencillamente, referencias directas a material presente únicamente en los libros que muchos hoy desean excluir. A continuación presentamos tres ejemplos contundentes —de entre muchos— que muestran esta relación orgánica entre los deuterocanónicos y el Nuevo Testamento.
1. Jesús y la Sabiduría de Salomón — Mateo 12:42 ↔ Sabiduría
En Mateo 12:42, Jesús declara: “La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación… porque ella vino desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón.”
Con frecuencia se cita este pasaje para destacar la autoridad de Salomón. Pero Jesús no solo alude al Salomón histórico: hace referencia a una tradición sapiencial desarrollada ampliamente en la literatura deuterocanónica, donde la sabiduría de Salomón no es solo un rasgo anecdótico, sino un tema teológico que estructura todo el libro de Sabiduría (especialmente capítulos 6–10).
Es precisamente en los libros deuterocanónicos donde la “sabiduría de Salomón” se convierte en una doctrina, se expande, se comenta, se profundiza y se interpreta como clave para comprender el plan de salvación. El Jesús histórico, al usar este lenguaje, está apelando a un concepto formado y transmitido en el corpus deuterocanónico.
De hecho, Sabiduría es el texto donde se ensancha la visión de Salomón como modelo de sabiduría divina, y donde se construye la concepción que Jesús da por supuesta ante sus oyentes. Si ese libro no fuese conocido ni reconocido, las palabras de Cristo perderían su contexto.
2. Jesús y el poder sobre la muerte — Mateo 16:18 ↔ Sabiduría 16:13
En Mateo 16:18, Jesús declara a Pedro: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
La expresión “poder de la muerte”, la idea de la soberanía divina sobre la vida y la muerte y el modo en que Jesús conceptualiza la autoridad sobre el Hades tienen una raíz mucho más cercana al pensamiento del libro de Sabiduría que a cualquier otro texto del AT protocanónico.
En Sabiduría 16:13 se afirma: “Tú tienes poder sobre la vida y la muerte; haces bajar a las puertas del Hades.”
Las similitudes conceptuales y lingüísticas son evidentes. Jesús utiliza una formulación que coincide con el lenguaje teológico del libro de Sabiduría: autoridad sobre la muerte, incapacidad del Hades para triunfar, poder de Dios sobre el descenso y ascenso de las almas.
Esta conexión no es superficial: indica que el pensamiento de Jesús y la enseñanza apostólica asumían como familiar el vocabulario y la estructura teológica presente específicamente en los deuterocanónicos. El eco es demasiado claro como para ser casual.
3. Los siete hermanos — Mateo 22:25; Marcos 12:20; Lucas 20:29 ↔ Tobías 3:8; 7:11
En los relatos sinópticos del diálogo con los saduceos sobre la resurrección —Mateo 22:25, Marcos 12:20, Lucas 20:29— los evangelistas narran la historia de una mujer que fue esposa sucesiva de siete hermanos.
Este detalle —“los siete hermanos”— no se encuentra en la literatura protocanónica como una tradición establecida. Sin embargo, aparece con claridad en Tobías 3:8 y Tobías 7:11, donde se menciona que Sara había sido entregada a siete maridos, todos muertos antes de consumar el matrimonio.
La coincidencia es demasiado específica como para ser accidental.
Aquí no hablamos de una idea vaga ni de una referencia conceptual: es el mismo relato estructural, heredado del libro de Tobías, que los evangelistas dan por conocido entre sus oyentes.
Los saduceos usan ese ejemplo como argumento porque sabían que el público lo entendía: era una historia popular, aceptada y tomada de un libro que circulaba como Escritura entre los judíos helenistas.
El Nuevo Testamento, al asumir esa tradición sin cuestionarla, revela que los primeros cristianos leían, conocían y utilizaban Tobías como parte del cuerpo de textos sagrados que formaban el marco doctrinal de su predicación.
Conclusión de la Introducción
Estos pasajes —y otros muchos que podrían añadirse— muestran una verdad histórica contundente: Los escritores del Nuevo Testamento estaban impregnados de la teología, el lenguaje y la narrativa de los libros deuterocanónicos.
Los citan, los asumen, los utilizan, o los dan por conocidos sin necesidad de justificarlos. Esto demuestra que la Iglesia primitiva nunca vio estos textos como ajenos, dudosos o marginales, sino como parte del pensamiento bíblico común del judaísmo tardío y de la comunidad cristiana naciente.
Así, lejos de ser “apéndices”, los deuterocanónicos constituyen una pieza esencial del ambiente espiritual en el que nació el cristianismo. Quien desee comprender plenamente el Nuevo Testamento —su lenguaje, sus conceptos y su cultura— debe reconocer la presencia viva de estos libros en su trasfondo.
Comentarios
Publicar un comentario