G.D
(Inspirada en Daniel 7 y Apocalipsis 1)
Tronos fueron puestos en la eternidad,
y el Anciano se sentó en su majestad.
Su vestidura blanca como la nieve,
sus cabellos puro resplandecer.
Ríos de fuego corrían ante Él,
millares de miradas lo seguían a la vez.
Los libros se abrieron, la voz habló,
el juicio nació, el tiempo cesó.
Entre los tronos, uno vino a Él,
como hijo de hombre, vestido de fiel.
Su rostro brillaba como el sol en el mar,
sus ojos, relámpagos al mirar.
Él tiene las llaves del ser y el fin,
vida y muerte se doblan ante su latir.
Su voz es agua, su palabra es ley,
el principio y el final, el Alfa y el Rey.
Vi en las nubes venir con poder,
al Hijo del Hombre descender.
Ante Él entregaron dominio y honor,
reino sin fin, verdad y valor.
En su mano arden siete estrellas,
sostiene el cielo con su fuerza.
Y su palabra, espada encendida,
corta la noche, despierta la vida.
Yo caí como muerto ante su voz,
Él me tocó, diciendo: No temas, soy yo.
El que vive, el que fue, el que vendrá,
tengo las llaves del cielo y del mar.
Entre los tronos, uno vino a Él,
como hijo de hombre, vestido de fiel.
Su reino eterno nunca caerá,
todo ojo lo verá, todo alma cantará.
Y el río de fuego sigue fluir,
desde el trono hasta el porvenir.
El libro espera ser abierto,
el cielo... vuelve a latir
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