G.D
Cuando tuve frío, me diste abrigo,
sin preguntar quién era, ni por qué venía.
Tu silencio habló más que mil rezos,
y el sol volvió sobre mi herida.
Isaías gritaba en las calles rotas:
“Parte tu pan con el que no tiene casa.”
Y tú lo hiciste, sin profecías,
solo dejaste abierta tu mirada.
No hay templo más alto que un gesto sincero,
ni plegaria más pura que el abrazo del suelo.
El Reino no viene con fuego ni truenos,
sino en la voz del que dice: “Te entiendo.”
Cuando me viste, viste el Reino,
cuando escuchaste, rompiste el cielo.
No hay corona sin ternura,
ni justicia sin desvelo.
El Nazareno habló sin trono,
sólo el polvo bajo sus pies.
Y dijo: “El amor no espera premio,
es Reino aquí, cuando haces bien.”
Zacarías lloró por la viuda olvidada,
Miqueas soñó con un mundo sin espada.
“Haz justicia, ama la misericordia,
y camina humilde,” dijo su palabra.
El sabio escribió que el justo no muere,
que su luz arde cuando el mundo cae.
Y en cada acto de bondad pequeña,
nace un reino que nadie destruye.
No hay gloria más fuerte que la compasión,
ni victoria más grande que el perdón.
El Reino no se compra, se siembra en secreto,
florece en la herida, se llama respeto.
Cuando me viste, viste el Reino,
cuando callaste, venciste al miedo.
No hay templo más puro que un gesto sincero,
ni altar más santo que un cuerpo entero.
El Nazareno no pidió oro,
solo un corazón de piel.
Y dijo: “El Reino no está lejos,
vive en el que sabe ver.”
Y si algún día el cielo pregunta,
no dirá: “¿A quién adoraste?”
Dirá: “¿A quién amaste,
cuando nadie te miraba?”
Porque el Reino es eso:
abrigo, pan y alma.
Y cada vez que fuiste humano,
el Cielo mismo te daba las gracias.
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