San Policarpo fue el primer cristiano, después del Nuevo Testamento, cuyo juicio y martirio se registraron detalladamente. El Martirio de San Policarpo se escribió poco después de la muerte del obispo y se distribuyó inmediatamente, como lo dice su prefacio, “todas las comunidades de la Santa Iglesia Católica por doquier”. Este documento establece los términos de todos los futuros debates acerca del martirio. Recomendaba a los cristianos no buscar activamente el martirio. De hecho, relata la historia de un cristiano, llamado Quintus, quien en un principio se entregó (?), pero escapó cuando vio que los animales salvajes venían hacia él. Por otro lado, San Policarpo enfrentó su sentencia con paz y buen humor. Su martirio se presenta como una liturgia. Sus últimas palabras adquieren la forma de una oración eucarística, que se cierra con doxología. Cuando las llamas alcanzaron su cuerpo, el narrador nos dice que la pira no despidió el olor de carne quemada, sino el aroma de pan horneado: una ofrenda pura, una Eucaristía.
HEREJÍAS, CONCILIOS Y CREDOS
Los antiguos cristianos hablaban a menudo de la fe como una posesión sagrada, algo que se les había confiado: “la fe ha sido transmitida a los santos” (Judas 3). La revelación divina se completó con la muerte del último Apóstol, pero esto no significa que todos los puntos de la doctrina estuvieran perfectamente claros. Incluso San Pedro, el primer papa, declaró, “como les ha escrito nuestro hermano Pablo” en todas las cartas donde trata este tema. “En ellas hay pasajes difíciles de comprender, que algunas personas ignorantes e inestables lo interpretan para su propia perdición” (2 Pedro 3,16).
Desde la primera generación, esta curiosa combinación de ignorancia y orgullo vulneró la unidad de la Iglesia. El Nuevo Testamento brinda abundante evidencia de cristianos descarriados cuyas enseñanzas erróneas hicieron que otros perdieran el camino. San Pablo fue acosado por “judaizadores” que deseaban restaurar las antiguas leyes dietéticas y el requisito de la circuncisión (Gálatas 1-3).
San Juan contendió con gente que negaba la verdadera humanidad de Jesús (2 Juan 1,7). Aparentemente San Timoteo tuvo que lidiar con gente que se entregaba a la especulación estoica (1 Timoteo 1,3-4) y negaba la bondad del matrimonio (1 Timoeto 4,1-3). A San Judas le preocupaban los cristianos que abusaban de la gracia de Dios desobedeciendo la ley moral y pecando con audacia (Judas 4). Y también estaba Simón el Mago, que creía que podía comprar el poder del Espíritu Santo (Hechos 8,9-19). Hacia el final de la Biblia, se lee acerca de un grupo disidente que fue lo suficientemente molesto como para llevar el nombre de “Nicolaítas” (Apocalipsis 2,6).
Sin embargo, las herejías tenían también su propósito providencial. Al igual que las persecuciones, servían para fortalecer a la Iglesia, hacerla más clara y más fervorosa. San Agustín lo dijo bien: “Porque muchas cosas que pertenecen a la fe católica, cuando los herejes, con su cautelosa y astuta inquietud, las turban y desasosiegan, entonces, para poderlas defender de ellos, se consideran con más escrupulosidad y atención, se perciben con mayor claridad, se predican con mayor vigor y constancia, y la duda o controversia que excita el contrario sirve de ocasión propicia para aprender”.30 En los primeros siglos de la Iglesia no faltaban tales ocasiones. A principios del Siglo II, San Ignacio de Antoquía se quejaba de los docetistas, aquellos que pretendían que la carne de Jesús era una ilusión. Unas décadas después, la Iglesia enfrentó el desafío del gnosticismo, una oleada de movimientos herejes que negaban la bondad de la creación y enseñaba que la salvación estaba reservada exclusivamente para una elite espiritual. En cierta forma relacionado con el gnosticismo, estaba el marcionismo, fundado por un magnate naviero que negó el Antiguo Testamento y llamó demonio a su Dios.
En poco tiempo, Marción financió una empresa que le sobreviviría durante siglos, ¡aun cuando se arrepintiera antes de morir! En el capítulo 2 se trató la importancia de la “regla de fe”. Dichas profesiones, en su forma resumida, defendían íntegramente la fe y se usaban como indicador para evaluar la doctrina. Como elementos de la fe enfrentaron desafíos, dudas o rechazo, las iglesias consideraron necesario aclarar su contenido detalladamente. En el Egipto del Siglo III, Orígenes incluyó siete categorías generales en su debate acerca de la regla: (1) la unidad de Dios y su papel como credor; (2) la eternidad del Mundo Divino, que se hizo carne en Jesucristo; (3) la veneración del Espíritu Santo; (4) la inmortalidad del alma y la realidad del juicio divino; (5) la existencia del demonio y sus ángeles; (6) el hecho de la creación en el tiempo y, (7) el origen divino de las Escrituras.31 Sin duda, la Iglesia de Alejandría afinó cada punto teniendo en cuenta adversarios particulares.
De este modo, con el tiempo, la Iglesia estableció un resumen más preciso de declaraciones: credos, del credo latino que significa “yo creo”. El credo que recitamos hoy como el Credo de los Apóstoles es esencialmente el mismo que se usaba en la liturgia bautismal romana en el año 200 A. D. y podría ser mucho más antiguo. Los credos se convirtieron en “reglas”, en las varas para medir la verdadera doctrina. Los obispos eran sus guardianes. Normalmente cada obispo decidía controversias doctrinales y problemas disciplinarios que surgían en sus territorios. Si no había más remedio, podía apelar al papa. Sin embargo, en caso de crísis generalizada, los obispos seguían el modelo establecido por los Apóstoles en Hechos 15: Se reunían en concilio. En el siglo II hubo diversos concilios provinciales que se convocaban para enfrentar herejías o para (tratar de) fijar una fecha universal para la Pascua.
A principios del Siglo IV, precisamente cuando la Iglesia celebraba su nuevo estatus legal en el imperio, surgió una heregía especialmente malintencionada: el arrianismo. Arrio – un brillante y elocuente sacerdote de Alejandría – negaba la divinidad y la igualdad de Dios Padre y Dios Hijo. Afirmaba que el Hijo era una criatura – la primera y la más grandiosa de las criaturas, digna y venerable – pero no obstante una criatura. Publicó tratados populares muy persuasivos y atrajo amigos en la jerarquía de la Iglesia y la burocracia imperial. Su influencia se extendió por doquier. A pesar de todo, encontró una feroz oposición. Al emperador Constantino le preocupaba que la disputa representara una amenaza para la paz tan difícilmente lograda en el imperio.
Así que en el año 325, convocó a los obispos de la Iglesia al Concilio de Nicea, cerca de la nueva capital del imperio. Aunque Arrios parecía tener todas las ventajas en el concilio, sus ideas fueron firmemente rechazadas. El concilio adoptó la palabra griega homoousion (de la misma naturaleza) para describir la relación del Padre con el Hijo. Sin embargo, el movimiento arriano resistiría durante siglos, a veces bajo los auspicios de los emperadores. Durante los siglos sucesivos, la Iglesia enfrentaría muchos otros desafíos doctrinales: contra la divinidad del Espíritu Santo, la persona y naturaleza de Cristo y, la legitimidad de orar con imágenes. Cada disputa crítica condujo a una proclamación más clara de la fe de la Iglesia. Lo que anteriormente estaba implícito en las Escrituras y la tradición, gradualmente se volvió explícito en la doctrina. Ya en el Siglo II, San Ireneo hablaba poéticamente de dicho desarrollo: “La predicación de la Iglesia es la misma en todas las regiones, se mantiene igual y se funda en el testimonio de los profetas, de los Apóstoles y de todos los discípulos.... Conservemos esta fe, que hemos recibido de la Iglesia, como un precioso perfume custiodado siempre en su frescura en buen frasco por el Espíritu de Dios, y que mantiene siempre joven el mismo vaso en que se guarda”.
MIKE AQUILINO
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