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Breve perfil: San Juan Crisóstomo (ca. 347-407)

Juan vivía como monje cuando su obispo lo sacó de su reclusión y lo ordenó para servir en la Iglesia de Antioquía. Muy pronto Juan adquirió una buena reputación como predicador. Sus congregaciones lo apodaron “boca de oro” (Crisóstomo en griego). Aunque Juan era célibe, poseía una aguda apreciación de la santidad del matrimonio cristiano. Llamó a la familia doméstica “la Iglesia en miniatura” 

Incluso habló del matrimonio en términos que sugerían a la Santa Trinidad: “El hijo es un lazo que conecta a la madre y al padre, así los tres se convierten Al predicar acerca de la unión carnal de la pareja casada, preguntó: ¿Cómo se convierten el hombre y la mujer en “una sola carne?” Y respondió: “Como si ella fuera oro recibiendo el oro más puro, la mujer recibe la semilla del hombre con gran placer y dentro de ella es nutrida, querida y refinada. Se mezcla con su propia sustancia y así la devuelve como hijo”. Aunque el enfoque de Juan sobre el matrimonio era muy positivo, también reconoció que ciertas acciones eran pecados contra el sacramento. Vio la contracepción como un acto de profanación. Si el matrimonio es una imagen de Dios y de la Iglesia, entonces debe ser una verdadera comunión y verdaderamente fructífera, como lo son Dios y la Iglesia. Por la misma razón, Juan condenó el adulterio, la violencia doméstica, el aborto, el divorcio y otros actos tradicionalmente rechazados por los cristianos.

LAIGLESIAYLACULTURADELAMUERTE 

 En el pagano Imperio Romano, el aborto y el infanticidio eran sucesos comunes que requerían de poca deliberación. El niño no lograba personalidad hasta ser reconocido por la cabeza de la familia. Inmediatamente después del nacimiento del niño, una comadrona lo colocaba en el suelo y convocaba al padre. Éste examinaba al niño con su criterio de selección en mente. ¿Era su hijo? Si el hombre sospechaba el adulterio de su esposa el pasatiempo favorito de los paganos romanos – rechazaba al niño sin ni siquiera mirarlo. Si era una “odiosa hija” (la clásica expresión romana para referirse a la descendencia femenina), giraba sobre sus talones y abandonaba la habitación. Si tenía cualquier tipo de “defecto”, hacía lo mismo. Para los romanos la vida humana empezaba cuando el bebé era aceptado en la sociedad. El hombre no “tenía un hijo”, “tomaba un hijo”. El padre lo “elevaba” levantándolo del piso. Estos seres inexistentes que eran abandonados en el piso mientras la madre observaba desde la silla de parto – podían ser ahogados inmediatamente o expuestos a los carroñeros en el basurero del pueblo. De hecho, la mayoría de las culturas paganas consideraban su tarea matar a los recién nacidos con “defectos”. Platón y Aristóteles elogiaron esta práctica y el historiador romano Tácito, dijo que era “siniestro e indignante” que los judíos prohibieran el infanticidio. El filósofo Séneca dijo: “Lo que es bueno debe colocarse a parte de lo que no es bueno para nada”.  

Contra dichas costumbres, la Iglesia enseñó sistemáticamente que la vida empieza en la concepción y debe continuar hasta la muerte natural. Respecto a estos asuntos de vida y muerte, el Cristianismo contradijo las costumbres paganas en casi cada punto. Lo que para los romanos y griegos eran actos virtuosos – contracepción, aborto, infanticidio, suicidio, eutanasia – eran abominaciones para los cristianos. Los escritos son especialmente amplios respecto al aborto, condenado por la Didaché, la Epístola de Barnabas, el apócrifo Apocalipsis de Pedro, por Clemente de Alejandría, Atenágoras, Justino, Tertuliano, Minucius Félix, Hipólito, Orígenes y Cipriano. Esta lista parcial nos lleva solo hasta mediados del Siglo III. Las prácticas contra la vida crearon una crisis para los paganos. El aborto y el infanticidio condujeron a bajas tasas de fertilidad, alta mortalidad materna, falta de mujeres en edad de matrimonio y a una ausencia de cuidado familiar para los ancianos. Durante generaciones, la decreciente población nativa de Roma se fue haciendo cada vez más dependiente de los mercenarios extranjeros para llenar las filas del ejército, y de inmigrantes para realizar los trabajos serviles que rechazaban los ciudadanos romanos. Esto crea una infraestructura inestable. 

Muchos emperadores intentaron legislar sobre la fertilidad, pero la ley está lejos de ser un afrodisíaco y el aborto aniquila por completo el amor de una pareja, del mismo modo que aniquila la vida de su bebé. Por otro lado, la gente había crecido acostumbrada a una vida sin ataduras, ociosa, a la deriva de un placer a otro, sin el estorbo de los niños. Un creciente número de personas estaba insatisfecho con las consecuencias sociales de sus pecados, pero no estaba dispuesto a abandonar su comportamiento pecador. ¿Qué debía hacer la cultura? Los cristianos ofrecieron respuestas. Cerca del año 155 A. D., San Justino Mártir escribió al emperador: “Se nos ha dicho que es infame exponer incluso a los recién nacidos…Porque entonces seremos asesinos”. En el mismo siglo, Atenágoras dijo: “Aquellas mujeres que usan drogas para provocar un aborto cometen asesinato”.

Los cristianos sabían instintivamente que ninguna sociedad podría vivir y crecer si extinguía la vida en la semilla y en el brote. Ninguna sociedad podía ser para todos si se negaba a acoger a las personas más vulnerables. Fueron los cristianos quienes crearon la primera sociedad verdaderamente tolerante, acogedora y que los incluía a todos, con un notable sistema de bienestar social. Lo hicieron porque ellos, a diferencia de sus gobernantes, no solo toleraban al pobre y al débil, sino que lo amaban con una afecto que no era simplemente humano. Veían a la más pequeña familia humana como la imagen de Dios, como Cristo, a quien debe dársele la bienvenida, como ángeles pidiendo posada. Un documento del Siglo III, la Didascalia Apostolorum, lo resume con un amoroso simil: “Deben cuidar de los huérfanos y de las viudas por ser éstos el mismo altar de Cristo”. De dicha reverencia por la vida surgió la verdadera seguridad social, la verdadera estabilidad y prosperidad. El documento extrabíblico más antiguo, la Didaché, empieza con estas palabras: “Existen dos caminos, uno de vida y otro de muerte, y existe una gran diferencia entre ambos caminos”. Los antiguos cristianos convirtieron su mundo de uno de sus caminos al otro, y fueron juzgados justos.


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