San Ignacio fue el tercer obispo de Antioquía, el primer lugar en que a los discípulos se les llamó “Cristianos” (Hechos 11,26). Arrestado por su fe, fue llevado a Roma para ser condenado. Su inminente martirio hizo de él una celebridad mientras pasaba por las ciudades a lo largo del camino. Escribió cartas a las iglesias. Siete sobrevivieron y nos brindan ricos detalles acerca de la vida de los cristianos antiguos. Por Ignacio sabemos que en cada iglesia presidía un obispo en el lugar de Dios. Sabemos que la Eucaristía era el centro de la vida cristiana y que la doctrina de la Presencia Real ya se enseñaba con gran claridad. Creer en la Presencia Real era para Ignacio una de las marcas de la fe verdadera: “Nótense aquellos que sostienen opiniones heterodoxas…se abstienen de la Eucaristía y de la oración, porque ellos no admiten que la Eucaristía sea la carne de nuestro Salvador Jesucristo, cuya carne sufrió por nuestros pecados, y a quien el Padre resucitó por su bondad.”9 Ignacio también dio testimonio de la primacía de Roma, llamando a la Iglesia Romana “digna de Dios, digna de honor, digna de parabienes”, la Iglesia que “teniendo la presidencia del amor, andando en la ley de Cristo y llevando el nombre del Padre”.
LA ORDEN DE LA IGLESIA
El Nuevo Testamento trae a la luz amplios testimonios de la antigua fe de los cristianos romanos.
Roma marca el destino final de los Hechos de los Apóstoles. Roma fue la dirección postal de la primera carta canónica de San Pablo. Los antiguos romanos guardaron su herencia como un tesoro. Sabían, con infalible instinto cristiano, lo que el africano Tertuliano diría tan elocuentemente en el Siglo III:
La semilla es la sangre de los mártires. De ser así, los romanos fueron bendecidos por tener entre sus mártires a Pedro y Pablo. No existe documento legal – ni siquiera uno falsificado – que se refiera a los sucesores de San Pedro como poseedores titulares de la Iglesia, guardianes de las llaves. Pero los antiguos cristianos no necesitaban más prueba que las Escrituras y la tradición apostólica. Santo.”
San Clemente de Roma, el tercer sucesor de Pedro, se sintió lo suficientemente seguro en su cargo para llamar la atención a una remota congregación en Corinto, Grecia. Pudo hacerlo debido a que hablaba con la autoridad de Pedro, misma que le fue otorgada por el mismo Cristo. Cuando concluye su carta, exhorta a los corintios a “prestar obediencia a las cosas que os hemos escrito por medio del Espíritu
En otra parte de la carta habla de sus palabras como “dichas por Él por medio de nosotros”. Se trata de afirmaciones muy serias, pero los cristianos las aceptaban. Un siglo después, la Iglesia griega aún proclamaba las palabras de Clemente en la liturgia. Obediencia a Cristo en la persona de su vicario: tal es el testimonio común de los Padres. Cuando los santos del este y del oeste veían peligro, apelaban al Papa. Se encuentran este tipo de peticiones en las obras de San Ireneo (Siglo II), San Basilio el Grande (Siglo IV), San Juan Crisóstomo (principios del Siglo V), San Cirilo de Alejandría (mediados del Siglo V) y San Máximo el Confesor (Siglo VI). A San Ireneo le gustaba recitar la lista de todos los papas que sucedieron a San Pedro en su silla. Una y única, estos Padres de la Iglesia primitiva fueron hombres con conocimiento enciclopédico de las Escrituras. Cuando deseaban alguna acción apoyada por la autoridad de Jesucristo, sabían dónde enviar su petición. A veces la respuesta papal los decepcionaba, pero mantenían su fe en el oficio papal.
En el año 376, San Jerónimo, el mayor erudito de las Escrituras del mundo antiguo, dirigió al Papa San Dámaso I un torrente de sellos bíblicos del papado: “Hablo con el sucesor del pescador y discípulo de la cruz. Siguiendo solo a Cristo como mi primado, estoy unido en comunión con Vuestra Beatitud, es decir, con la silla de San Pedro. Sé que sobre esta Piedra se edificó la Iglesia. Quienquiera que coma del cordero fuera de esta casa es profano. Quienquiera que no esté en el Arca de Noe perecerá cuando prevalezca el diluvio”. Ser cristiano era obedecer a Jesucristo. Para ser cristiano se debía obedecer al vicario de Cristo, el Papa. No era solo la enseñanza de los eclesiásticos que tenían un interés personal en el poder papal. Era la fe de las congregaciones. El pueblo romano transmitió muchas tradiciones del ministerio de San Pedro en su ciudad. Según la historia, durante su encarcelamiento, el Apóstol predicó entre sus carceleros quienes le rogaron el bautismo. Al no encontrar agua suficiente, Pedro oró y una fuente de agua pura manó en la celda. Hoy podemos encontrar un testimonio muy antiguo de esta historia en los muros de la Catacumba de Commodilla. Ahí, los primeros cristianos plasmaron a Pedro como un nuevo Moisés, golpeando un muro de piedra y extrayendo agua. La veneración por el papado no era solo una cuestión romana. Un ataúd en Arles, Francia, construido cerca de la misma época, muestra a Cristo entregando la Ley a su nuevo Moisés. Cristo entregó su Ley a Pedro con la gracia del estado. Pedro se la heredó a Lino, Lino a Cleto y Cleto a Clemente.
Lo que era verdad universalmente también era verdad de manera local. Ya hemos visto como Ireneo, Eusebio y otros consideraban esencial la sucesión apostólica para el oficio de todos los obispos locales. También existen amplios testimonios que indican que los sacerdotes y los diáconos apoyaban el ministerio de los obispos locales. Ya en el año 107 A. D., San Ignacio comparó la unidad del clérigo con la unidad de Cristo con Dios Padre: “Os aconsejo que seáis celosos para hacer todas las cosas en buena armonía, el obispo presidiendo a la semejanza de Dios y los presbíteros según la semejanza del concilio de los apóstoles, con los diáconos también que me son muy caros, habiéndoles sido confiado el diaconado de Jesucristo, que estaba con el Padre antes que los mundos y apareció al fin del tiempo”.
Es un tema constante en las cartas de Ignacio y enfatiza su linaje apostólico. (Podemos observar por nosotros mismos los oficios en el Nuevo Testamento: obispos y diáconos en Filipinos 1,1 y 1 Timoteo 3,1-13, sacerdotes [presbíteros] en 1 Timoneto 5,17 y Santiago 5,14-15). Muchos de los primeros padres observarían esta estructura tripartita anunciada en los oficios del Antiguo Testamento del alto clero, sacerdotes y levitas. Los oficios no tratan tanto acerca del poder como del servicio. El servicio es el verdadero significado del ministerio del mundo. Es la raíz del significado de la palabra liturgia. Durante los siglos de persecución existieron pocas oportunidades de ejercer el poder. Existieron innumerables oportunidades de servir. Fue como Jesús lo prometió: “El más grande entre ustedes será el que los sirva” (Mateo 23,11). Los diáconos, sacerdotes y obispos eran ministros y siervos del Evangelio. El papa – en palabras de uno de los Padres posteriores – era el siervo de los siervos de Dios
MIKE AQUILINA
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