San Clemente fue el tercer papa después de San Pedro. De acuerdo con una antigua tradición, fue ordenado por el mismo Príncipe de los Apóstoles. La Carta de Clemente a los Corintios era venerada en la Iglesia primitiva. Difundida por todos los rincones y traducida a muchos idiomas, en algunos lugares se le consideraba entre las escrituras del Nuevo Testamento. Algunos pasajes sugieren que fue escrita antes de la rebelión de Judea y de la destrucción del Templo de Jerusalén (67-70 A. D.). Pero los historiadores antiguos la ubican un poco después (97 A. D.).San Clemente muestra una natural familiaridad con la Biblia entera. Uno de los principales temas en esta carta es la armonía entre los diversos oficios de la Iglesia. Al igual que San Ignacio antes que él, ve esta unidad como un reflejo terrenal de la comunión de Jesús con Dios Padre. “Cristo viene de Dios, y los apóstoles de Cristo. Una y otra cosa se hizo ordenadamente por designio de Dios…Pregonando por lugares y ciudades, iban estableciendo a los que eran como primeros frutos de ellos…ser obispos y diáconos de los que habían de creer…Establecieron a los ya mencionados y después dieron normas para que, si morían, otros hombres probados recibiesen en sucesión su ministerio”.
LA FAMILIA EN LA MISIÓN
A lo largo de los primeros tres siglos, la Iglesia creció a una tasa bastante sostenida de 40 por ciento por década.15 Se difundió más rápidamente en las ciudades y creció a pesar de la persecución intermitente, las epidemias y los desastres naturales. A principios del Siglo IV, aunque la Iglesia sufría su más brutal persecución, los cristianos representaban al menos una ligera mayoría de la población en las áreas urbanas. No podemos más que maravillarnos ante el triunfo de la fe de nuestros ancestros. Todas sus hazañas son todavía más admirables si consideramos a la cultura que intentaban evangelizar. Se trataba de una cultura cruel y violenta, cruda y pornográfica. Los Padres de la Iglesia vieron surgir esta impureza y crueldad como vicios hermanos del alma. El primero es la impureza, que reduce a otras personas primero a simples medios de satisfacción sensual y después, a meros objetos de deporte.
Esto es tan cierto en las culturas como en las almas. Consideremos a la Roma de los Siglos I y II A. D., pero no juzguemos por lo que vemos en los museos. Agradezcamos en su lugar que hoy los curadores poseen cierto sentido del decoro. Porque los restos de la Roma Imperial están abrumadoramente sexualizados. Los muros de Pompeya son escandalizadores porque las cenizas volcánicas lo preservaron en vivos colores, pero sus adornos no difieren mucho de los que aparecen en los jarrones comunes, lámparas o joyería de la época. La decoración de las casas de los burgueses era poco diferente de la de las habitaciones comunes de los prostíbulos. Las familias parecían renuentes o incapaces de preservar la inocencia de los niños. Los que enviaban a los niños a la escuela asumían que los tutores los acosarían sexualmente. Sin límite de tiempo libre y sin vigilancia, los adolescentes deambulaban por las calles en pandilla. Pasaban su tiempo realizando actos vandálicos, actividades homosexuales y de vez en cuando, violando a alguna prostituta. Casaban a las niñas a los 11 o 12 años con un hombre mucho mayor y no de su elección. Los amigos celebraban la boda cantando canciones obscenas. “La noche de bodas”, escribe el historiador francés Paul Veyne, “adquiría la forma de una violación legal”.
Las costumbres maritales implicaban que la niña recién casada esperara una relación violenta, con abundante sodomía, abortos y abuso. Del hombre se esperaba adulterio. El infanticidio era común, especialmente en el caso de las niñas. En una ciudad del imperio, el censo incluía a 600 familias en las que únicamente seis habían criado a más de una hija. Aunque se trataba de familias numerosas, mataban de manera rutinaria a las bebés hembras. En otra ciudad, una reciente excavación arqueológica reveló una antigua cloaca llena de huesos de cientos de recién nacidas. Pero si el matrimonio se volvía demasiado desdichado, al menos el divorcio era fácil. Todo lo que se necesitaba era que una de las partes abandonara el hogar con la intención de divorciarse. Todas estas costumbres se reflejaban en el entretenimiento popular: la música y el teatro. Cuando los romanos se cansaban del sexo, acudían en masa a los circos para ver a las bestias o a los gladiadores torturar y matar a los criminales. También los gladiadores derramaban su sangre entre ellos.
Así era el mundo en el que sirvieron los Padres de la Iglesia y en el que los antiguos cristianos criaron a sus familias. Podría llamársele una cultura de la muerte. Pero los cristianos se distinguieron de inmediatamente. No tomaron parte en la impureza o la crueldad. Poseemos muchos sermones y tratados de esos años que condenan la grosería del teatro, el morbo del circo y el comportamiento de los romanos ordinarios en la alcoba. Pero lo más asombroso es el testimonio de los mismos paganos.
Los romanos estaban francamente asombrados por los cristianos puesto que la rutina de éstos últimos había logrado algo que los romanos consideraban imposible. Los cristianos predicaban y practicaban una variedad de virtudes que incluían la abstinencia sexual: castidad, pureza e incluso celibato para toda la vida. El gran médico pagano Galeno escribió: “Incluso enumera individuos que, con autodisciplina y autocontrol, han alcanzado un estado no inferior al de los genuinos filósofos”. Incluso la mayoría de los estoicos, quienes supuestamente despreciaban la pasión humana, creían que las pasiones sexuales se mitigaban mejor con la complacencia. Pero incluso casados, los cristianos se esforzaban por lograr la pureza y el verdadero amor. Un cristiano del Siglo II escribió acerca de sus correligionarios: “Se casan, como lo hacen los otros, conciben hijos, pero no cometen infanticidio. Comparten una mesa común, pero no una cama común”. Fue la moral cristiana y el evidente amor de las familias cristianas lo que gradualmente convirtió al Imperio Romano. Los prostíbulos habían ejercido cierto atractivo poder sobre Roma, pero los prostíbulos no brindaban satisfacción. Los inquietos paganos se abandonaron a su cruel lujuria sanguinaria en el circo, pero el circo no les dio satisfacción. Lo que atrajo a estos ciudadanos desanimados a la Iglesia fue la evidente paradoja de la vida familiar de los cristianos, que eran castos pero habían encontrado la paz
MIKE AQUILINA
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