San Jerónimo se maravilló ante la rapidez con la que la herejía arriana sobrepasó a la Iglesia.
El mundo”, dijo, “despertó un día y gimió de verse arriano”. Oficiales imperiales, respetados sacerdotes y obispos, así como importantes intelectuales, se convirtieron progresivamente a las nuevas ideas.
Un hombre permaneció firme y luchó infatigablemente por la tradición apostólica de la divinidad de Cristo. Sus contemporáneos describieron la situación como “Atanasio contra el mundo”. En el Concilio de Nicea, Atanasio sirvió como secretario de Alejandro, el primer obispo confrontado por Arrio. Unos años después en su lecho de muerte, Alejandro designó a Atanasio como su sucesor. Atanasio serviría como obispo de Alejandría durante 45 años, aunque pasó muchos de estos años en el exilio. Vivió la oposición de confabulaciones eclesiásticas y emperadores impacientes. Fue perseguido por asesinos y fue fue acusado de asesinato. (Atanasio fue exhonerado cuando presentó viva a la supuesta “víctima”). Viajó a Bizancio para implorarle personalmente al emperador y a Roma para implorarle al papa. Durante un tiempo vivió en la tumba de su familia. Escribió constantemente hasta el final tratados teológicos y peticiones epistolares. Realizó la primera defensa de la divinidad del Espíritu Santo. Publicó incluso la biografía del monje San Antonio. Terminó sus días en su hogar en Alejandría.
El valor de Atanasio plantea una tarea abrumadora a aquel que desee prestar atención a su sugerencia: “No es posible entender las enseñanzas de los santos hasta que se tiene una mente pura y se trata de imitar su vida”.
LA BIBLIA Y EL CREYENTE
En nuestra era de comunicación masiva, nos es difícil imaginar una época en la que los libros eran raros. Eran caros, ya que cada uno de ellos se copiaba a mano. Poca gente poseía uno y de todos modos pocos podían leerlos. Dadas las circunstancias, nos es difícil apreciar cómo recibieron las Escrituras los primeros cristianos. Y sí las recibieron y las tomaron en serio. Los Padres, en su predicación, asumieron que sus congregaciones poseían un alto nivel de familiaridad con las historias y características tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. ¿Cómo adquirieron los creyentes tanta sabiduría? La mayoría de ellos, asistiendo a Misa. Fue en la liturgia donde la Iglesia proclamó las escrituras sagradas. Una de las primeras descripciones de la Misa proviene de San Justino Mártir, escrita en Roma cerca del año 155 A. D. Inicia su relato del mismo modo que iniciamos hoy la Misa, con la liturgia de la palabra: “Se leen los tratados de los apóstoles y los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.
Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables”. Los antiguos sermones que han sobrevivido sugieren que en el Siglo II las homilías eran mucho más largas que las homilías en el Siglo XXI. San Justino indica que las lecturas también eran largas. En algunos lugares la liturgia de la Vigilia Pascual, ¡duraba del anochecer hasta el amanecer! Cuando estas primeras generaciones hablaban de las “Escrituras”, se referían a los libros del Antiguo Testamento en la antigua traducción griega (la Septuaginta). Era la edición preferida por los Apóstoles y otros escritores del Nuevo Testamento. Sin embargo, a finales del Siglo I se encuentra a los padres apostólicos tratando también como Escrituras algunos escritos del Nuevo Testamento.
La Didaché, San Clemente, San Ignacio y San Policarpo citan los Evangelios y las Epístolas como fidedignos, a veces usando el prefacio habitual “está escrito”. Los libros así citados son los libros que conocemos, colectivamente, como el Nuevo Testamento. El Fragmento Muratoriano del Siglo II brinda una coincidencia bastante clara con nuestra actual tabla de contenido y se encuentra una coincidencia exacta en la carta de Pascua de San Atanasio del año 367. Al parecer, los Evangelios alcanzaron una aceptación casi universal muy pronto, al igual que las cartas atribuidas a San Pablo. Rara vez los Padres de la Iglesia rechazaron un libro que después fuera aceptado en el canon oficial. Solo ocasionalmente aceptaron como sagrado un libro que finalmente no hubiera obtenido un estatus canónico.
Del Siglo II en adelante, había muchos documentos “apócrifos” flotando alrededor, pero generalmente se les reconocía como los productos subversivos de los herejes o de las desorientadas fantasías de devotos excéntricos. Un concilio local en Roma en el año 382, adoptó el mismo canon enlistado por San Atanasio, así como también lo hicieron los sínodos africanos de Hippo (393) y Cartago (397 y 419).
El Concilio Romano estuvo encabezado por el Papa San Dámaso I, los sínodos africanos por San Agustín. De este modo se observa cómo funcionaban en la Iglesia las ordinarias estructuras de autoridad, deliberando durante siglos para definir la verdad básica de la fe. No obstante, la Biblia no se autointerpretaba y se ha dicho que la historia de la doctrina cristiana es la historia de la interpretación bíblica. Las primeras y aguerridas divisiones en la Iglesia no enfrentaron a los cristianos “bíblicos” contra los innovadores “extrabíblicos”. Surgieron más bien de los desacuerdos sobre lo que significan las Escrituras. Tertuliano se quejaba de que “los herejes no hacen uso de las Escrituras, sino que abusan de ellas para blasfemar a partir de los precedentes que [Dios] les proporcionó”
Ciertamente se lamentaba de “esa oración” que siempre “presentaban para justificar” su inacansable especulación: “está escrito”. Tanto Arrio como sus oponentes redactaron muchos de sus textos a partir del mismo Evangelio: El Evangelio según San Juan. Arrio citó a Juan 3, 35, 14, 28 y otros pasajes para argumentar que Jesús está subordinado al Padre. San Atanasio invocó a Juan 1,1-2, 20, 28 y otros para establecer la deidad eterna de Jesucristo. La Iglesia buscó la verdad en la tradición apostólica: la regla de fe, el canon de las Escrituras, las palabras de veneración litúrgica y la autoridad de los obispos que poseían la sucesión legítima. Estas eran las medidas seguras de la interpretación bíblica.
Los cristianos vivían en una comunidad explicativa que trascendía su momento histórico actual, con sus modas y sus estilos intelectuales. Interpretaban la Biblia a partir de la comunión de los santos. Como Cristo entregó a los Apóstoles tanto las Escrituras como la Tradición, estas dos corrientes de revelación fueron se iluminaban una a la otra, se confirmaban una a la otra. Los oponentes de Arrio, por ejemplo, podrían demostrar que los cristianos en todo periodo habían venerado a Cristo como Dios.
Tertuliano afirmaba: “No tomamos nuestra doctrina escritural de las parábolas, sino que interpretamos las parábolas de acuerdo con nuestra doctrina. Tampoco nos esforzamos por distorsionar todas las cosas para evitar contradicciones”.38 Nuestros ancestros espirituales reconocían los límites de su propio entendimiento y confiaba en que Dios es consecuente, incluso si de vez en cuando los eludían sus razones.
MIKE AQUILINO
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