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Breve perfil: Orígenes de Alejandría (c. 185-c. 251)

 

De niño, Orígenes observó cuando se llevaron a su padre al martirio. La imagen lo obsesionó toda la vida y se fijó altas normas para su propia entrega. Durante su adolescencia fue un prodigio, dominaba muchos campos de enseñanza secular y teológica. Era aún joven cuando su obispo le confió la instrucción de los nuevos conversos. Orígenes poseía un especial amor por las Escrituras. A lo largo de su vida produjo más de 2,000 textos, la mayoría de ellos en el campo de la interpretación bíblica. También compiló una edición crítica de la Biblia que incluía diversas versiones en columnas paralelas en griego y hebreo. Fue uno de los primeros teólogos especulativos y a veces su especulación lo llevó más allá de los límites de lo que más tarde se definiría como ortodoxia. Aun así, lo que lo salvó de la herejía fue su voluntad para corregirse, su deseo de enseñar únicamente la fe católica: “Deseo ser un hombre de la Iglesia”, escribió muchas veces, y siempre buscó ajustarse a la “doctrina católica”. Durante su vejez, finalmente se vio capturado por su fe y fue torturado más alla de lo que mucha gente prodría soportar, puesto que las autoridades deseaban ponerlo como ejemplo. Pero él se aferró firmemente a la fe. Débil e incapacitado, murió a causa de sus heridas en el año 251.

LOS SANTOS PADRES 

 Cuando los cristianos hablamos de los grandes maestros de la antigua Iglesia, lo hacemos con cierta reverencia. Sabemos que poseen una autoridad especial. Los tratamos como verdaderos padres y en verdad tradicionalmente los llamamos los “Padres de la iglesia”. Los padres son un selecto grupo de los primeros siglos del Cristianismo. No todos los cristianos que escribieron en esos años se consideran Padres de la Iglesia. Los teólogos han establecido cuatro criterios que deben cumplirse para la “paternidad”: 1. doctrina sensata; 2. vida santa; 3. aprobación de la Iglesia y 4. antigüedad. 

 El reconocimiento de la paternidad espiritual posee raíces muy profundas. La Iglesia aprendió a honrar a sus padres por Jesús, quien era seguidor de la costumbre judía (ver Juan 6,31, 49). San Pedro describió a la primera generación de cristianos como “los Padres” (ver 2 Pedro 3,4). San Pablo recordó a los corintios que Él era su “padre en Jesucristo” (1 Corintios 4,15). Los que posteriormente heredaron la dignidad de los apóstoles – los obispos – heredarían también el papel patriarcal en la familia terrena de Dios: la Iglesia. Como vimos a lo largo de este libro, una de las marcas de los padres fue su reverencia por la doctrina que recibieron de los apóstoles. Los padres preservaron, predicaron y transmitieron la regla de fe: el Evangelio de Jesucristo, el consejo moral de los apóstoles y los ritos sagrados de la Iglesia. Vieron el cuerpo de la doctrina como una herencia, un legado sagrado. 

De este modo, no se entregaron a la experimentación y veían escépticamente la innovación. Tenían un orgullo santo de la ascendencia de su doctrina. Policarpo habló con poderosa autoridad ya que era un discípulo de San Juan el Apóstol. A su vez, Policarpo era el modelo de referencia del maestro más ilustre de la siguiente generación: Ireneo de Lyons. La influencia de Ireneo se extendió a San Hipólito en la siguiente generación y después a muchos otros. Al término de la vida de San Ireneo, aún no llegamos al año 200 y ya en la Iglesia estaba bien establecido el patrón para invocar, estudiar y honrar a los padres, y también eran muchas las doctrinas distintivas del cristianismo: la dignidad de sacerdote, diácono y obispo, la Real Presencia de Cristo en la Eucaristía y la autoridad del papado, entre otras cosas. Cuando un obispo o un concilio hacían pública una declaración acerca de una doctrina o una práctica, la declaración incluía a menudo una apelación a los antencedentes a juicio de “los santos Padres”. Los sacerdotes hacían una cadena (en latín, catena) de dichos precedentes, con citas que representaban cada generación entre ellos y la de los apóstoles. Gracias a los textos de los padres, hoy los católicos aún pueden hacerlo. 

 El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 688) habla de los Padres como “jueces siempre puntuales” de la tradición evangélica. Deseamos venerarlos del modo en que los cristianos los veneraron, por lo que buscamos el juicio de los padres; así descubrimos que nuestra veneración ha permanecido igual, incluso en los más mínimos detalles. De hecho, cuando los editores del Catecismo quisieron describir cómo tiene lugar hoy la Misa en las parroquias más representativas, ¡simplemente dejaron textualmente la descripción de San Justino Mártir del año 155! ¿Qué más nos enseñan los padres? Cuando nos persignamos con agua bendita, simplemente estamos repitiendo una acción que ya era tradicional en tiempos de Eusebio de Cesárea y de San Serapión de Egipto. Lo mismo ocurre con la devoción Mariana, la invocación de los santos y la oración por lo muertos entre otras cosas. A mediados del Siglo IV, San Basilio presentó una lista parcial de costumbres que se habían transmitido de boca en boca desde la época de los Apóstoles. “Éstas nadie las negará”, agregó, y entonces mencionó: persignarnos con la Señal de la Cruz, las palabras y los gestos de la Misa, la costumbre de la santa agua bendita y los óleos, el exorcismo para el bautismo y la doctrina de la Trinidad.

Aunque éstas no aparezcan explícitamente en las Escrituras, siempre se han practicado en la Iglesia. 

 Son innegable y esencialmente cristianas.Nos reconforta observarlo. Porque nosotros como católicos no nos planteamos hipótesis acerca de los orígenes de la fe que vivimos actualmente. No especulamos acerca de nuestra paternidad. Vemos a nuestros padres con el júbilo de hijos e hijas verdaderos. Sostenemos el final de una sólida cadena doctrinal y ésta nos remonta de generación en generación, no a algún tiempo y lugar mitológicos, sino a gente real, en ciudades reales, que sostenían cosas reales en sus manos reales: pan y vino, óleo y agua, pluma y papel. En el año 434, San Vicente de Lerins estableció reglas para el estudio de los padres: “Ahora en la Iglesia Católica tenemos gran cuidado para sostener lo que se ha creído en todos lados, siempre y por todos...los obispos y los maestros de la antigüedad”. Es la fe que ahora tenemos la tarea de preservar y compartir.

MIKE AQUILINO

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