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Breve perfil: Eusebio de Cesarea (ca. 260 a ca. 340)

  


El Papa Benedicto XVI dijo que Jesucristo “siempre viene a nuestro encuentro” en las páginas de la historia. Los antiguos cristianos lo creían y es así como tuvieron cuidado por preservar la memoria de aquellos que se habían ido en la fe antes que ellos. En el Siglo III, un hombre proveniente de Palestina, llamado Eusebio, se impuso la tarea de registrar la historia cristiana de manera enciclopédica. Empezó realizando una línea del tiempo, una crónica, pero pronto el proyecto creció hasta convertirse en una inmensa historia de los tres primeros siglos de la Iglesia, desde la época de los Apóstoles hasta el final de la persecución romana. Eusebio se inspiró en los trabajos de historiadores anteriores y viajó a iglesias distantes para consultar sus archivos. Le gustaban las citas textuales de fuentes antiguas y de gran extensión. En muchos casos, solo conocemos algo acerca de estas fuentes antiguas gracias a las citas de Eusebio. Se han perdido los originales más antiguos. 

En la primera página de Historia Eclesiástica, Eusebio señala que las auténticas iglesias son aquellas que trazan “líneas de sucesión a partir de los santos apóstoles”, es decir, que poseen obispos ordenados legítimamente. Estas son las iglesias que conforman la Iglesia Católica. En Eusebio reconocemos la fascinación por la antigüedad que aún hoy compartimos, por el deseo de demostrar que la fe “no es nueva ni extraña, sino…primitiva, única y verdadera”.

UNA Y CATÓLICA 

 En el Credo profesamos nuestra creencia en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica. 

La particular fórmula data del Concilio de Constantinopla en el año 380 A. D., pero desde el tiempo de los apóstoles, cada una de las cuatro “marcas de la Iglesia”, ha sido de vital importancia para los cristianos. En el Libro de los Hechos leemos que “la multitud tenía un solo corazón y una sola alma” (4,32) y que “todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (2,42). Jesús oró por la unidad – “para que sean uno, como nosotros” (Juan 17,11) – y decretó que “habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Juan 10,16). Los cristianos de la antigüedad tuvieron mucho cuidado de preservar dicha unidad, incluso cuando la Iglesia se expandió “hasta los confines de la Tierra” (Hechos 1,8). Es casi seguro que al finalizar la generación apostólica, el Cristianismo había rebasado la frontera oriental del Imperio Romano, hasta la India. Parece probable que gracias a la facilidad de transporte y a las comunicaciones en el imperio, la fe llegó también a las fronteras occidentales y que la brutal persecución de Nerón, misma que inició en el 64 A. D, la ayudó a extenderse. Los esfuerzos por aplastar a la Iglesia solo sirvieron para extender el Evangelio más allá de sus fronteras. Cuando cayó la espada, los creyentes “huyeron…a las ciudades de los alrededores y allí anunciaron la Buena Noticia” (Hechos 14,5-7). 

 El Evangelio llegó a los confines de la Tierra, pero el Evangelio proclamado en Roma era el mismo que se proclamaba en Antioquía, Alejandría, Éfeso, Corinto y Filipos. Los Apóstoles predicaron “hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos”. (Efesios 4,5-6). 

 En el mundo antiguo, la religión era en su mayor parte un fenómeno local. La gente adoraba dioses locales que ejercían poder sobre ciertas tierras o tribus. Incluso el judaísmo, que reconocía a un solo Dios, sostenía que dicha revelación divina se había dado solo a un grupo étnico favorecido. Paradójicamente, la universalidad del Cristianismo lo distinguió de otras religiones. 

 Los cristianos distantes unos de otros – y de muchas formas diferentes unos de otros – podrían trazar a partir de su vocabulario, experiencias, rituales y creencias lo que todos tenían en común. Esta unidad y universalidad destaca a través de los primeros textos cristianos. La Didaché, escrita en la Siria en el Siglo I, presenta una liturgia cuyos detalles concuerdan con los ritos descritos por San Pablo en su Primera Carta a los Corintios. Un poco más tarde, durante el Siglo I, San Clemente de Roma escribió una larga carta a la lejana Iglesia de Corinto mencionando muchos asuntos disciplinarios y doctrinales, asumiendo, nuevamente, que tenían todo esto en común. Cerca del 107 A. D., San Ignacio de Antioquía escribió a iglesias tan lejanas como Éfesos, Esmirna y Roma, miles de palabras, inspiradas en la fe que compartían. Su amigo San Policarpo, Obispo de Esmirna, escribió una carta de exhortación a los cristianos de Filipos. En las tres cartas se asume básicamente que es la misma fe, incluso cuando viaje a nuevos lugares. Sin embargo, a pesar de la apabullante evidencia, algunos eruditos modernos sostienen que en esos primeros años no existía un solo Cristianismo, sino más bien muchos “cristianismos”. Afirmaban que existían muchos grupos que competían con “protortodoxia” por la supremacía y la supervivencia. Esta afirmación plantea muchas dificultades. 

En primer lugar, se tiene poca evidencia de estos grupos salvo lo que se encuentra en los escritos de los apóstoles y Padres Apostólicos, donde en la mayoría de los casos aparecen como una molestia local. 

No es sino hasta finales del Siglo II cuando se encuentra a un hereje (Marción) que proclama la universalidad de su doctrina. Incluso entonces, Marción la realizó imitando a la Iglesia Católica, erigiendo su base en Roma y adaptando las liturgias establecidas y las costumbres de la decoración de la Iglesia. Los defensores de las hipótesis de los “muchos cristianismos” dicen que se tienen muy pocas evidencias de las herejías puesto que fueron brutalmente suprimidas por el movimiento protortodoxo. Esto es sencillamente falso. Durante esos siglos, la Iglesia no tenía poder para imponer la doctrina. 

La Iglesia misma era perseguida por las autoridades civiles y sin embargo, los herejes rara vez lo fueron. Incluso los perseguidores paganos no reconocieron a estos “cristianismos alternativos” como cristianos. Desde su inicio, la Iglesia Cristiana fue una, y era apostólica. Al escribir cerca del 190 A. D., San Ireneo (un hombre ya muy viejo para entonces), dijo que su maestro, San Policarpo, “enseñó siempre lo que había aprendido de los Apóstoles, lo mismo que transmite la Iglesia, las  San Policarpo escribió sobre la necesidad de probar cualquier doctrina contra la doctrina de sus predecesores, los Apóstoles: “…todo el que tergiversa las palabras del Señor para sus propios deseos carnales…es el primogénito de Satanás”.5 La fe apostólica también era universal– katholikos en griego – es decir, católica. A los primeros escritores cristianos les gustaba este término. “Allí donde aparezca el obispo, allí debe estar el pueblo”, escribió San Ignacio de Antioquía, “tal como allí donde está Jesús, allí está la iglesia universal” 

Cuando San Policarpo murió, oró por “toda la Iglesia Católica”, e incluso sus acusadores lo describieron como “un obispo de la Santa Iglesia que está en Esmirna”.8 La iglesia de Policarpo fue la “Iglesia de Esmirna” y sin embargo era Católica. Estaba unida a la Iglesia verdadera en todos lados. En esos primeros años no existía la imprenta y no toda la gente podía darse el lujo de poseer sus propias Escrituras. De todos modos muy pocos de ellos podían leerlas. El corazón de la proclamación Cristiana era la llamada “regla de fe”, una especie de breve resumen de la doctrina. Aunque la redacción variaba de un lugar a otro, las fórmulas del contenido eran notablemente coincidentes. Proclamaban que Dios se volvió hombre en Jesucristo, cuya vida había sido predicha por los profetas y que Cristo murió, se levantó de entre los muertos y fue glorificado. Es posible que dichas fórmulas se convirtieran en los credos bautismales uniformes que aún recitamos hoy. Los primeros Padres de la Iglesia se consideraban a sí mismos como guardianes de este depósito de fe. Lo que les transmitieron a los Apóstoles – las Escrituras, las liturgias, la regla de fe, la sucesión –lo consideraron como su guía, proclamándolo en nuevas tierras, nuevas eras, hasta nosotros.

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