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Breve perfil: Carta a Diogneto

 


 En el Siglo II surgió un movimiento de escritores cristianos llamados “los apologistas”. Se esforzaron por explicar y defender la fe. El más famoso de ellos fue San Justino Mártir. Pero uno de los apologistas es valioso por haber producido una especie de documental: una vívida narración de cómo se comportaban los cristianos. No sabemos el nombre del autor de Carta a Diogneto. Se dirigía a un funcionario romano, con deferencia, asumiendo que el gran Diogneto era inteligente y de mente abierta Primero, dijo, no se puede distinguir a un cristiano con solo mirarlo. “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto… [Siguen] las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable”. Los cristianos se mezclan, hasta cierto punto. Igual que todos, “se casan y engendran hijos”. Sin embargo, rechazan las prácticas paganas inmorales, como el aborto, el infanticidio y el adulterio. Los cristianos eran buenos incluso para el orden económico y social. “Obedecen las leyes prescritas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Son pobres, y enriquecen a muchos”. Entonces nuestro autor hizo esta notable afirmación: “Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo”. Los cristianos son el principio que da vida al mundo. Son poco impresionantes a la vista, incluso invisibles, pero sin ellos, la empresa humana entera está condenada. 

“El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo... El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican en número”. 

 PERSECUCIÓN Y MARTIRIO 

 Los antiguos cristianos daban un gran valor a la vida humana y buscaban protegerla y preservarla, especialmente cuando ésta era más vulnerable. Sin embargo, había algo que valoraban más que sus propias vidas, era el don de la vida eterna, de la salvación ganada por Jesucristo para ellos. Muchos de los primeros cristianos eligieron morir antes que renegar de Cristo, renunciar a su fe o adorar a falsos dioses. Desde el principio los cristianos soportaron persecuciones. Jesucristo murió a manos de sus enemigos. Poco después, siguió San Esteban (ver Hechos 7), y luego muchos otros (ver Apocalipsis 6,9 y 17,6). De acuerdo con la tradición, todos los Apóstoles, menos uno, murieron como mártires. 

 ¿Qué tenía el Cristianismo que atraía tanta hostilidad? Tanto los judíos como los gentiles lo percibieron como una amenaza para el orden social. Para los fariseos y los saduceos, el Cristianismo predicaba un universalismo que desdeñaba el exclusivismo judío; el Cristianismo vaticinaba una era en la que el Templo de Jerusalén ya no tendría importancia o ya ni siquiera existiría. Por su lado los gentiles temían que el Cristianismo destruyera lazos de lealtad con familias y tribus, dando en su lugar primacía a la Iglesia, la familia universal de Dios. Se preguntaban, ¿qué sucedería cuando sus esposas e hijos dejaran de rezarles a los dioses domésticos, los dioses de sus antepasados? ¿Traería calamidades a su familia, ciudad o incluso al imperio? Para las autoridades romanas, el Cristianismo representaba un desafío directo a la ideología imperial. César reservaba el título de “Señor” para sí mismo y sin embargo, San Pablo predicaba que existía un solo Señor: Jesucristo. Este aparente desafío a la supremacía del César desempeñó un papel de gran importancia en la propia sentencia de muerte de Jesús (ver Juan 19,12-13). Más aún, los cristianos se rehusaron (al igual que los judíos antes de ellos) a ofrecer sacrificio al espíritu guía del emperador, su genio. 

Este era el acto religioso que empleaban los romanos para unificar un imperio vasto y religiosamente diverso. Junto con esta preocupación relativamente razonable, había rumores absurdos. Los romanos educados, que hubieran debido ser más razonables, describieron a los cristianos como incestuosos – después de todo, los creyentes llamaban a todos, incluso a sus cónyuges, “hermanos” y “hermanas” – y caníbales, ¡que se comían el cuerpo de Cristo y bebían su sangre en cada Misa! En el año 64 A. D., el emperador Nerón emprendió la primera exterminación de cristianos a gran escala. El historiador romano Tácito (quien despreciaba al Cristianismo, pero despreciaba aún más a Nerón), describió las dantescas torturas que tuvieron lugar en una fiesta en los jardines de Nerón. Algunos cristianos estaban disfrazados con piel de animal y eran destrozados por perros salvajes. Otros eran crucificados. Por la noche, Nerón quemaba algunos cristianos vivos como antorchas humanas para iluminar los jardines. Los excesos de Nerón ofrecieron un antecedente legal para las proezas posteriores. 

Las persecuciones tuvieron lugar de manera intermitente durante los dos siglos y medio en que el Cristianismo fue ilegal. Los historiadores antiguos identificaron diez periodos de represión más intensa: bajo Nerón (64-68), Domiciano (81-96), Trajano (98-117), Marco Aurelio (161-180), Septimio Severo (193-211), Maximino (235-238), Decio (249-251), Valerio (253-260), Diocleciano (284-305) y Galerio (305-311). Se intercalaron periodos de relativa paz para la Iglesia. Existían rumores generalizados de que el emperador Filipo el Árabe (244-249), por ejemplo, era cristiano en secreto y algunas fuentes dicen que la madre de Filipo fue instruida por el Padre de la Iglesia Orígenes de Alejandría. Eusebio afirmaba que Decius, el sucesor de Filipo, persiguió despiadadamente a la Iglesia solo para mostrar su profundo odio por Filipo. Pero a los romanos nunca les faltaron otros motivos. Tertuliano dijo que todos estas desgracias del imperio se atribuían a la negligencia de los cristianos por los antiguos dioses: “Si el Tíber sube a las murallas; si el Nilo no llega a regar las vegas; si el cielo está sereno y no da lluvias; si la tierra tiembla o se estremece; si el hambre aflige; si la peste mata, luego grita el pueblo: ‘¡Arrójense los cristianos al león!’ ¿Un león para tantos?” El valor de los mártires animaba a los creyentes, quienes esperaban las ejecuciones con devoción y las trataban como solemnes liturgias. Siempre que podían, tomaban los restos de los mártires y los veneraban eternamente como reliquias. El valor de los cristianos también provocó una gran impresión en los no creyentes, quienes se maravillaban de que los hombres y las mujeres pudieran tener algo tan precioso como para morir por ello, cuando muchos pueblos ateos tenían poco por qué vivir. San Justino dijo que el valor de los mártires ejerció influencia sobre su propia conversión al Cristianismo. Y no era el único. Tertuliano dijo: “Más somos cuanto derramáis más sangre; que la sangre de los cristianos es semilla”.27 Sin embargo, no todos los cristianos eran tan valientes. San Cipriano, un obispo africano del Siglo III, lamentó que muchos en este rebaño cuando se les ordenaba ofrecer sacrificio, “corren al mercado por propio acuerdo, se dieron prisa libremente...como si ahora desearan aprovechar una oportunidad para hacer lo que siempre han deseado”.28 Para la Iglesia primitiva, no existía mayor tragedia que ésta, no existía mayor pecado que la apostasía. San Cipriano le hizo eco a San Pablo (1 Corintios 10-11) cuando trazó un agudo contraste entre el sacrificio a los ídolos y el sacrificio de la Eucaristía.”Ustedes han venido al altar en sacrificio; ustedes se han convertido en víctimas: ahí han inmolado su salvación, su esperanza; ahí han quemado su fe en los fuegos mortales”. Sin embargo, los mártires cristianos obtuvieron su fortaleza del altar de la Iglesia. Así como Jesús les dio su vida en la Eucaristía, así ellos le darían su vida en el martirio. A menudo hacían explícita la relación: “Soy el trigo de Dios”, dijo San Ignacio de Antioquía, “y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro de Cristo”.

 MIKE AQUILINA

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